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II Domingo de Pascua. Ciclo B
Barcelona 12 de abril de 2015

En una carta escrita pocos meses antes de ser ejecutado por los nazis, el célebre teólogo Dietrich Bonhoeffer comentaba a un amigo el encuentro que había tenido en cierta ocasión con un joven pastor protestante.
Ambos se planteaban qué querían hacer con su vida.
El pastor decía con convicción: "Yo quisiera ser santo".
Bonhoeffer le respondió: "Yo quisiera aprender a creer".

Pienso que estas palabras, este deseo del teólogo alemán, pueden ser una buena definición de un cristiano responsable: una mujer o un hombre que desean aprender a creer, día tras día, hasta el final de su existencia.
Es tal la confusión actual que son muchos, muchísimos los que ni siquiera saben por dónde y cómo se camina hacia Dios.
Piensan que la única manera de consolidar su fe sería poder contar con pruebas verificables que los llevaría a comprobar científicamente Dios.
De lo contrario les parece que la fe es un salto en el vacío propio de hombres y mujeres que no se sabe por qué extraña ingenuidad aceptan lo invisible como algo muy real.

No entienden el grupo de apóstoles que creen a partir de la experiencia de encontrarse con Cristo.
Se identifican más con el discípulo Tomás que pide comprobar con sus propias manos y dedos la verdad del Resucitado.

Una de las aportaciones más importantes para el hombre de este tercer milenio es el esfuerzo que se está haciendo hoy para precisar y diferenciar mejor el ámbito propio de los diversos conocimientos: el científico, el filosófico, el religioso, el poético o el místico.
Todos deben ser respetados como diferentes maneras de acercarse a la realidad con su propio contenido, métodos y límites.
Todos nos pueden servir para el crecimiento integral de la persona.

Los cristianos no creemos por razones. Pero tenemos razones para creer.
No creemos porque hayamos logrado comprobar científicamente un dato al que llamamos Dios.
Creemos porque conocemos la experiencia de sabernos absolutamente fundamentados, queridos y perdonados por este Misterio de amor insondable que no cabe ni puede ser incluido bajo ningún nombre terrenal.

La fe de Tomás se desvela cuando se siente reclamado, urgido, interpelado por el Misterio de Jesús Resucitado.
Este reclamo, esta urgencia, esta interpelación hoy nos dirige a nosotros.
¿Como pensamos responder?
¡Felices los que creen sin haber visto a Jesús!

¿Dónde se encuentra hoy la Presencia de Jesús? Está allí donde los que lo buscan encuentran llagas de dolor y de muerte.
Si en lugar de ello encuentran poder, pompa y boato, nunca podrán decir como el apóstol Tomás: "Señor mío y Dios mío!"

La fe nos abre a la realidad de los que sufren. Es el necesario compás de espera hasta la Bienaventuranza.
El poder, la pompa y la chulería son su negación.