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2º domingo de Cuaresma. Ciclo C.
Barcelona, ​​21 de febrero de 2016.

Como es la civilización actual?
Es una civilización sin misericordia donde manda
–el dinero
–los mercados
–la competitividad
–el fracaso de los débiles
–el triunfo de los fuertes.

En una civilización como ésta corre el grave riesgo de olvidar lo que significa ser humano.
Cada vez nos parece más normal vivir
–para ganar
–para poseer
–para dominar.

¿Quién pensará en crecer como persona y ser cada día mejor en una cultura donde parece prohibida
–la piedad
–el perdón
–o cualquier muestra de afecto por el que sufre?

Está emergiendo entre nosotros un hombre
–inteligente
–hábil
–organizado
pero
–sin corazón
–sin conciencia
–sin profundidad.
Un hombre sin inquietud espiritual y sin preguntas.

Sería un error quedarnos en visiones catastróficas.
Ahora mismo es fácil darse cuenta del deseo creciente para encontrar una luz nueva.
¿Dónde hay un sentido, un ideal capaz de iluminar el horizonte?
¿Quién puede, para que este hombre sea más humano?
¿Quién puede desvelar la esperanza?

Las iglesias no parecen responder a lo que espera y necesita el hombre moderno.
Sus doctrinas suenan a abstracciones que ya no interesan a nadie.
Sus esquemas mentales, costumbres y tradiciones son cosa del pasado.

Hoy, más que nunca, debemos orientar nuestro corazón y nuestra mente hacia Jesucristo.
Es el único que puede decirnos algo nuevo y diferente.
El relato evangélico nos recuerda la invitación divina: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle."
¿Qué caso hacemos nosotros?

La historia del Cristianismo es la demostración más clara de lo difícil que es asumir y aceptar que sólo Jesús es suficiente.
Hay gente que en su vida da más importancia a la ley, al lugar santo –el templo–, al culto religioso, a las imágenes, a los curas, al papa, a tal o cual representación de Dios... etc.
Pero no acabamos de aceptar que lo determinante es que sea Jesús y la verdad de Jesús, la luz y el motor de nuestra vida.

¿Cuál es la luz de nuestro vivir?
¿Cuál es el motor de nuestro vivir?