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Domingo XI del tiempo ordinario. Ciclo C.
Barcelona, ​​12 de junio de 2016.

Una mujer pecadora está tocando Jesús.
La reacción del fariseo Simón es
–de indignación
–y de escándalo.
Aquella mujer es una indeseable.

En cambio, la reacción de Jesús es
–de acogida
–y de comprensión
porque sólo ve en ella una persona necesitada de amor, de reconciliación y de paz.

Esta actitud de Jesús debería hacernos reaccionar y abrir los ojos ante los que les negamos el derecho de acercarse a Jesús.
Entre estos grupos hay uno del que los cristianos casi ni nos atrevemos a hablar. Es el mundo de los homosexuales y de las lesbianas.

Un mundo que las iglesias han preferido, casi siempre, silenciar mientras socialmente eran objeto de
–distorsiones
–desprecios
–y persecución.

Ni una palabra de esperanza para ellos. Sólo condenas, burlas y anatemas para reducirlos a la oscuridad, el silencio y el desprecio.

¿Dónde han podido escuchar una palabra amable que los hiciera sentir llamados al Reino de Dios?
¿Cuándo han podido saber que Dios es también por los indeseables de la sociedad?
¿Quién les ha abierto la puerta del Evangelio?

También los homosexuales y las lesbianas tienen derecho al Evangelio aunque esta simple afirmación suene de manera extraña y escandalosa a oídos de bastantes cristianos.
En las comunidades cristianas cabe preguntarse qué ayuda hemos ofrecido a estos hombres y mujeres para crecer en madurez humana y responsabilidad cristiana.

¿Qué mensaje han podido escuchar de nosotros para poder vivir su homosexualidad desde una actitud responsable y creyente?
No podemos adoptar una actitud de condena y de rechazo ni se puede juzgar a una persona únicamente desde su sexualidad.

¿De qué se trata aquí?
De anunciar y ofrecer a estas personas la posibilidad de que descubran en Jesucristo
–su propia dignidad
–la aceptación responsable de su condición
–y la acogida liberadora que les niega casi siempre la sociedad.

¿Cómo nos comportamos nosotros con estas personas
–como jueces implacables
–o como hermanos y amigos?