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Sagrada Familia. Ciclo C.
Barcelona, ​​27 de diciembre de 2015.

Hombres y mujeres acabamos acostumbrándonos a casi todo, menos a sufrir.
Peguy decía: "Hay una realidad peor que tener un alma perversa y es tener un alma acostumbrada."

Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad empapada, empapada de superficialidad y de consumismo enloquecido, casi ya no diga nada nuevo y creativo a tantos hombres y mujeres de alma acostumbrada.
Ya no les sorprende ni conmueve un Dios que se nos ofrece como un niño.
Lo dice Saint Exupéry en el prólogo de El Principito: "Todas las personas mayores, antes, han sido niños, pero muy pocas lo recuerdan."
Hemos olvidado lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios, al acercarse al mundo, ha sido una mirada de niño.

Pero esta es justamente la gran noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo Misterio.
Pero ahora sabemos que no es un ser
–tenebroso
–inquietante
–temible
sino alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y transparencia de un niño.

Y este es el mensaje de Navidad.
Para salir al encuentro de este Dios
–tenemos que cambiar el corazón
–hacernos niños
–nacer de nuevo
–recuperar la transparencia
–abrirnos confiados a la gracia y al perdón.

A pesar de nuestros egoísmos y mezquindades de mayores, siempre hay, en nuestro corazón, un rincón en el que todavía no hemos dejado de ser niños.

Hagamos un poco de silencio en nuestro entorno.
Apaguemos el televisor.
Olvidémonos:
de las prisas
los nervios
los compromisos
las compras
los regalos.

Escuchamos en nuestro interior ese corazón de niño que aún no se ha cerrado a la posibilidad de una vida más sincera y más confiada en Dios. Y más amable y fraterna para con los demás.
Es bien posible que escuchemos una llamada a renacer
–renacer a una nueva fe
–una fe que nos rejuvenezca
–que no nos recluya en nosotros mismos
–una fe que nos abra a los demás
–una fe que no recele, sino que confíe
–una fe que no entristezca, sino que ilumine
–una fe que no tenga miedo, sino que estime
a corazón abierto
en mente clara
a voluntad libre
en espíritu generoso.

Siempre dispuesto
a la enmienda
a la ayuda
a la solidaridad
a la convivencia
a la alegría
al buen humor.

¡Cómo cambiaría la fisonomía y la felicidad de nuestras familias si nos regiésemos cada día por estos principios!