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Bautismo del Señor. Ciclo C.
Barcelona, ​​10 de enero de 2016.

No resulta nada fácil analizar la soledad.
Seguramente que todos la hemos experimentado en algún momento.
A veces nos da miedo y la tememos.
Otras veces, la buscamos con brío.
Pero casi siempre la rehuimos.

Una cosa es estar solo y otra sentirse solo.
Según todos los indicios, encuestas y estadísticas cada vez son más las personas que se sienten solas.
La soledad es vivida casi siempre como fuente y causa
–de tristeza
–y de sufrimiento.

La persona sola siente y sufre la ausencia de una compañía amistosa
–no conoce el amor
–no conoce la acogida
–no se puede confiar en nadie
–no tiene con quién compartir la vida.
Machado decía: "Un corazón solitario ya no es un corazón."

La cuestión está en que, de alguna manera, todos estamos solos en la vida.
Seguro que tenemos amigos, algunos amigos. Hay personas que nos aprecian y nos quieren. Pero, en el fondo, cada uno vive y muere desde la propia soledad.

Es bien real la afirmación de Hölderlin: "Ser hombre es estar profundamente solo."
Por eso es tan importante saber qué hace la persona con su soledad.

La primera reacción suele ser casi siempre la huida.
Pocas cosas le resultan al ser humano tan duras como estar solo consigo mismo.
Los recursos para evitarlo son suficientemente conocidos.
Lo más frecuente es la diversión:
–estar ocupado para no tener que pensar en nosotros mismos
–hacer ruido para no oír la propia soledad.

Otro camino posible es buscar a cualquier precio la compañía de otros. El resultado puede ser lamentable.
Cuando las personas se reúnen únicamente para huir de la propia soledad, lo que surge es una sociedad de hombres y mujeres solitarios compuesta por individuos sin fisonomía, configurada por los tópicos y por la moda.
Personas que se juntan pero que no se encuentran. Siguen forasteras las unas de las otras.

¿Cuál puede ser la verdadera superación de la soledad?
Es el encuentro.
Son los vínculos.

Encontrarse es mucho más que
–verse
–escucharse
–o tocarse.

Lo decisivo es dialogar y compartir.
Experimentar la mutua acogida y la comunicación confiada, franca, leal, verdadera.
En una palabra:
–aceptarse y ser aceptado
–amarse y ser amado.

Con todo, no debemos olvidar que en la persona humana hay una soledad última que nada ni nadie podemos curar.
Por eso esta es precisamente la experiencia más básica, más esencial del creyente: no sentirse nunca solo porque Dios lo acompaña
–en la vida
–y en la muerte.

El creyente sabe y escucha lo mismo que sabía y escuchaba Jesús: "Tú eres mi hijo amado."
Esta podría ser una buena definición de persona creyente: Una persona que se sabe amada por Dios.
¿Nos sentimos amados, nosotros?