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Assumpta. Ciclo B
Barcelona, ​​sábado, 15 de agosto de 2015

Al proclamar María asunta al cielo, el pueblo cristiano afirma que es todo el hombre quien se salva y no solamente su alma.
A los primeros cristianos, la idea de la separación entre cuerpo y alma les era totalmente extraña.
Al hablar de Salvación del hombre, pensaban en toda persona humana, porque toda ella es obra de Dios y amada por Él con un amor que es afirmación de su permanencia salvadora.

¿Qué es amar?
Amar es decirle a otro: "No quiero que te mueras nunca."
Proclamar –como hacemos hoy– María de Nazaret glorificada en cuerpo y alma, es una hermosa manera de decir que Dios está interesado en la salvación del hombre que es cuerpo, alma y sentimientos. Todo a la vez.

Y, por tanto, una Iglesia que se limitara a la salvación de las almas dejaría de ser cristiana.
La fe cristiana no quiere despojarnos del cuerpo, sino revestirse de inmortalidad.
De modo que todo lo que hay en nosotros de caduco y perecedero sea absorbido por una vida inmarcesible. 2 Co 5,4
Una vida eternamente feliz, como nos lo recuerda Blai Pascal en el famoso texto del Memorial: "Éternellement en joie par un seul jour de exercice sur la terre."
Eternamente gozosos por un solo día de lucha en la tierra.

Todo esto es bueno recordarlo y hacerlo saber a aquellas personas que dicen escandalizarse cuando se les predica que el Evangelio pide a los cristianos:
–que hagan política
–que se arriesguen a hacer política
–que luchen por la decencia de la política
–que aporten su colaboración en la construcción de una sociedad más justa, más libre, más humana para todos.

En Jesucristo, Dios se ha hecho el gran aliado de la vida de los hombres, el gran compañero.
De esta vida que vivimos en el cuerpo y en el alma; en el corazón y en los sentimientos; en el tiempo y en la eternidad.
Esta vida que alcanzó plenamente María de Nazaret: la primera cristiana, la primera Salvada.