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Domingo XXXII del tiempo ordinario. Ciclo B.
Barcelona, ​​8 de noviembre de 2015.

La escena que nos dibuja tan gráficamente el evangelio de hoy es emocionante, más aún: es conmovedora.

Una pobre viuda se acerca calladamente a uno de los trece puestos colocados en el recinto del Templo para las limosnas.
Muchos ricos están depositando cantidades grandes, importantes.
Casi avergonzada, ella pone dos monedas de cobre, las más pequeñas que circulan por Jerusalén.

Su gesto no ha sido observado por nadie. Pero Jesús lo ha visto todo.
Conmovido, llama a los discípulos. Quiere enseñarles lo que sólo se puede aprender de la gente sencilla y pobre. De nadie más.

La viuda ha dado una cantidad insignificante y miserable, como ella misma.
Su sacrificio no se notará en ninguna parte ni transformará la marcha de la historia.
La economía del Templo se sostiene con la contribución de los ricos y poderosos.
El gesto de esta pobre mujer no servirá prácticamente para nada.

Pero Jesús lo ve de otra manera. "Esta viuda pobre ha dado más que nadie."
Su generosidad es mayor y auténtica.
Los ricos han dado de lo que les sobra, pero esta mujer que pasa necesidad ha dado todo lo que tenía para vivir.
Si es así, esta viuda pobre seguro que tiene que pedir caridad
– no tiene marido
– no posee nada
– sólo tiene un gran corazón y una confianza total en Dios.

Da lo poco que tiene porque sabe que hay otros más necesitados que ella.
En las sociedades del bienestar se nos está olvidando que es la compasión.
No sabemos qué es sufrir con el que sufre.
Cada uno va a la suya y se preocupa sólo de lo suyo.
Los otros, los que lo pasan mal, quedan fuera de nuestro horizonte.

Cuando una persona vive pendiente sólo de sí misma resulta muy difícil sentir, experimentar el sufrimiento de los demás.
Ahora bien, como que necesitamos alimentar en nosotros la ilusión de que
– aún somos humanos
– y tenemos buen corazón
decidimos dar lo que nos sobra.

No lo hacemos por solidaridad activa comprometida.
Lo hacemos para tranquilizar nuestra conciencia.
Sólo los pobres son capaces de hacer lo que la mayoría tiene olvidado: dar más de lo que les sobra. Es el caso de la viuda pobre.
He aquí la auténtica generosidad: dar más de lo que nos sobra.

¿Es esto lo que hacemos nosotros?
¿Estamos seguro?
La viuda pobre da lo que tiene para vivir, sin figurar ni aparecer porque es una persona en la que no hay cargo importante, ni poder visible, ni dignidad que le haga decir "¡Sí señor!", ni especial sabiduría, ni nada que no sea un buen corazón, es decir:
Una persona en la que no hay títulos ni dignidades, sino sólo auténtica y ejemplar humanidad.

¿Lo somos, nosotros, de humanos?