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Todos los Santos. Ciclo B.
Barcelona, ​​Domingo 1 de noviembre de 2015.

En el día que la Iglesia dedica a la memoria de todos los santos, la liturgia elige sabiamente el Evangelio de las Bienaventuranzas.
La sabiduría de este texto, sorprendente y genial, radica en el hecho de que presenta un proyecto de felicidad ilimitada.
Esta felicidad es total porque ni la muerte podrá arrebatarla.
Es una felicidad que trasciende este mundo caduco y perecedero y va más allá del calendario.

Por ello, las nueve Bienaventuranzas presentan nueve promesas de felicidad para la otra vida, la definitiva.
Y señalan las nueve situaciones que llevan hacia esa felicidad plenaria ya desde esta vida.
Son, por tanto, nueve situaciones de hecho y nueve promesas de esperanza. Como es lógico, las nueve promesas de futuro no están en nuestra mano, porque dependen de Dios.

¿Qué es lo que está en nuestras manos y sí depende de nosotros? Son las situaciones reales, tangibles, palpables. En estas nueve situaciones de hecho es en las que Jesús hace hincapié.
Ahora bien: lo sorprendente está en que leyendo y releyendo las nueve Bienaventuranzas, es decir, las nueve condiciones para alcanzar el Reino del Cielo, nos encontramos con una realidad del todo inesperada: ninguna, ni una, de estas nueve Bienaventuranzas indican prácticas relacionadas con la religión.
Sorprendente, ¿no?

Las nueve indican conductas relacionadas con la vida, con esta vida, con las condiciones y actitudes desde las que podemos hacer algo eficaz para que esta vida nuestra sea
–más humana
–más llevadera
–más feliz
–más al alcance de todos.

Los que viven así en esta vida –y sólo los que viven así– tienen garantizada la promesa de felicidad eterna, iniciada ya desde ahora mismo.
Esta es la vida vivida por los santos –todos los santos– que hoy festejamos y celebramos.

Todos estamos invitados. ¿Invitados a qué?
–a ser pobres y sencillos
–a llorar con los que lloran
–a mantenernos en la más llana humildad
–a comprometernos con la justicia
–a ser compasivos con los desgraciados, necesidades y menospreciados
–mantener la honradez y la transparencia de corazón y de sentimientos
–a pacificar la convivencia
–a soportar la persecución por causa de la justicia.

¿Veis? Todo esto son situaciones de vida práctica, no de religión devota.
Y aquí sí podemos intervenir, eficazmente, asumiendo compromisos concretos y prácticos.
Es lo que han hecho los santos.

Y, ¿por qué no nosotros?
Hacerlo está en nuestras manos y forma, configura, nuestra capacidad de respuesta, de compromiso operativo y práctico.
Compromiso de vida
más humana
y más cristiana.

¿Lo asumimos o no lo asumimos, este compromiso? ¿Estamos o no estamos? ¿O buscamos falsas excusas para no estar allí?