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2º Domingo de Cuaresma. Ciclo B
Barcelona, ​​1 de marzo de 2015

¿Qué es el miedo? El miedo es lo que sin duda más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel de Jesucristo Salvador.
En la Iglesia de hoy hay pecado y debilidad. Pero, sobretodo, hay miedo.
¿A qué?
A afrontar riesgos.
Hay miedo a todo lo que es nuevo, como si conservar el pretérito garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio.

Es cierto que el Vaticano II dijo rotundamente que en la Iglesia tiene que haber una reforma constante. Pero, no es menos cierto que lo que mueve hoy la Iglesia no es la renovación sino el instinto de conservar.
Hay miedo para asumir las tensiones y los conflictos que conlleva la búsqueda sincera de la fidelidad al Evangelio
– callamos cuando deberíamos hablar
– nos inhibimos cuando deberíamos intervenir
– se promueve la adhesión rutinaria que no lleve problemas a la jerarquía
– evita plantear cuestiones importantes que podrían inquietar
– etcétera.

Hay miedo a la investigación teológica creativa.
Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos.
Miedo a hablar de derechos humanos dentro de la Iglesia.
Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el Espíritu de Cristo.
Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo.

La Iglesia no ha recibido el ministerio de la condena sino de la reconciliación (2 Co 5,18)
Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús.
Sólo el contacto vivo con Jesús nos podrá liberar de tantos miedos.
Y el contacto vivo con Jesús nos lo actualiza su Transfiguración.

¿Qué es la Transfiguración?
La Transfiguración nos anticipa una realidad misteriosa que a muchos no nos acaba de entrar en la cabeza.
¿Cuál es esa realidad?
Sencillamente: que la vida de Jesús no es un recuerdo marchito de la historia pasada, sino que sigue presente y actual en nuestra historia; en la historia de todos los hombres.
Y eso, ¿por qué?
Porque Jesús es el Siempre Viviente que trasciende el espacio y el tiempo. Jesús ya no queda encajonado en los estrechos límites del calendario.
Por eso, ahora mismo y siempre podemos seguir escuchando su palabra divina.

Y por ello, no debe sorprendernos lo más mínimo que nos resulte tan complicado entender lo que quiere decir y –más difícil todavía– vivirlo.
Aquí nos estamos adentrando en la dimensión del Misterio en el que todo es complicado, pero todo es posible.
He aquí la aventura de la fe.