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Domingo XXIII del tiempo ordinario. Ciclo C.
Barcelona, ​​4 de septiembre de 2016.

Hay algo que resulta escandaloso e incluso insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima
–de autosuficiència
–y de afirmación personal del hombre del siglo XXI.

Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona.
¿Qué quiere decir esto?
Que el hombre debe subordinar todo al seguimiento incondicional de Jesús.
Las palabras de Jesús son claras y rotundas: "Cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo."

El hombre experimenta desde la profundidad de su corazón el anhelo de libertad.
Pero, aún así, hay una experiencia que sigue imponiéndose de generación en generación: el hombre parece condenado a ser esclavo de ídolos.
¿Qué quiere decir esto?
Cada uno buscamos un "dios" que nos parece esencial para vivir.
Algo que nos domina y se apodera de nosotros profundamente.

Por un lado, buscamos
–ser libres
–independents
–autónomos
pero, a la vez, parece que no podemos vivir sin entregarnos a algún ídolo que oriente y determine nuestra vida entera.

Estos ídolos son muy diversos:
–el dinero
–la salud
–el prestigio social
–el sexo
–la tranquilidad
–la felicidad a cualquier precio
Cada uno sabe el nombre de su "dios" privado.

Por eso, cuando en un gesto de ingenua libertad hacemos un acto que nos da la real gana debemos preguntarnos, honradamente, ¿qué es lo que en ese momento nos domina y a qué estamos obedeciendo en realidad?

La invitación de Jesús es provocativa.
Sólo hay un camino para acercarnos a la libertad y sólo lo comprenden aquellos y aquellas que se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente.

¿Qué significa esto?
Primero: vivir en obediencia total a Dios Padre, origen y centro de referencia de toda vida humana.
Y segundo: servir desinteresadamente las personas, vividas y tratadas como verdaderos hermanos.

¿Es esto lo que nosotros hacemos habitualmente?