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Jueves Santo 2016. Ciclo C.
Barcelona, ​​24 de marzo de 2016.

Hay una serie de factores en esta introducción que impresionan.
Impresiona el momento:
–la hora de pasar de este mundo al Padre.
Impresiona la circunstancia:
–cenando y sabiendo la traición que le llevaba hacia el fracaso y la muerte.
Impresiona la conciencia de Jesús:
–Jesús sabía su origen y destino, que Dios lo había puesto todo en sus manos.
Impresiona la experiencia:
–el amor hasta el extremo, hasta el exceso.

En todo el Nuevo Testamento no hay ninguna introducción tan solemne.
Aquí están en juego realidades esenciales, realidades decisivas.
El gesto que hace Jesús durante la cena: lavar los pies era trabajo obligada de los esclavos. Así consta en la literatura y las leyes antiguas cuando hablan de este hecho de lavar los pies.

Pedro no tolera que Jesús haga esto. ¿Hay en él un gesto de humildad? No. Es el afán de singularizarse, lo que Jesús no tolera.
La respuesta cortante de Jesús a Pedro indica que, en esto, se juega el ser o no ser discípulo del Maestro. "Si te resistes –le dice–, no tienes nada que ver conmigo."

Jesús explica que en su proyecto, el Maestro (el que enseña) y el Señor (el que manda) es el que acepta el último lugar que la sociedad asigna a un individuo: ser un esclavo.
De este modo Jesús trastoca el orden establecido.

El aterrador desorden en que vivimos o malvivimos no se resuelve desde arriba, sino desde abajo; no desde el poder, sino desde el carisma.
El mandamiento se concreta en un imperativo "Lo que yo he hecho, hacedlo también vosotros."

Jesús afirma de una manera clara y rotunda: en la Iglesia que nace aquí no puede haber otra manera de mandar que servir.
Jesús actuó y luego explicó lo que había hecho.
En la Iglesia ni se enseña ni se manda sino lo que previamente hace el que enseña y el que manda.
Las palabras siempre después de las acciones.
Primero las acciones de servir, la generosidad. Y, sólo después, las palabras aclaratorias.

¿Es así como actuamos nosotros?