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Domingo XXV del tiempo ordinario. Ciclo C.
Barcelona, ​​18 de septiembre de 2016.

Jesús ya era un hombre hecho, un adulto, cuando Antipas puso en circulación monedas hechas en la ciudad de Tiberíades.
Sin duda, la monetización suponía un progreso en el desarrollo de Galilea.
Pero no logró promover una sociedad más justa y equilibrada. Resultó lo contrario.
Los ricos de la ciudad podían ahora operar mejor en sus negocios.
La monetización les permitía atesorar monedas de oro y de plata que les proporcionaban
–seguridad
–honor
–y poder.
Por eso llamaban a este tesoro "mamona", es decir: dinero que da seguridad.

Mientras tanto, los pobres campesinos sólo podían recoger unas pocas monedas de bronce o de cobre, de escaso valor.
Era prácticamente imposible en un pueblo atesorar dinero para la seguridad personal y familiar.
Como siempre pasa, el progreso daba más poder a los que ya eran ricos y hundía más a los pobres.
Con esta dinámica no era posible acoger el Reino de Dios y su justicia.

Pero Jesús no se calló: "Ningún siervo puede servir a dos amos: se dedicará a uno y no hará caso del otro. No se puede servir a Dios y al Dinero. "
Por lo tanto, hay que escoger. No hay alternativa.
La lógica de Jesús es evidente, es abrumadora.
Si una persona vive dominada, esclavizada por el Dinero no puede servir a aquel Dios que quiere una vida más justa y digna para todos, empezando por los más desgraciados, empezando por los últimos.

Las palabras de Jesús, necesariamente, fueron sacudir la conciencia de los que le escuchaban.
Para ser de Dios no basta con formar parte del pueblo elegido ni con darle culto en el Templo.
Hay que mantenerse libre delante del Dinero y escuchar la llamada de Jesús y trabajar por un mundo más humano.

¿Y como se logrará esto?
Muy sencillo: compartiendo con los que más lo necesitan, lo poco o lo mucho que tengamos.
¿Realmente hacemos esto, nosotros?

Algo grave debe fallar en el cristianismo de los países ricos cuando somos capaces de afanarnos por asegurar y hacer crecer más y más nuestro bienestar, sin sentirnos interpelados por el mensaje de Jesús y por el sufrimiento de los pobres del mundo entero, empezando por los de nuestra ciudad.

Algo muy grave debe fallar cuando somos capaces de vivir lo imposible: el culto a Dios y el culto al Bienestar y al bolsillo o a la Cuenta Corriente.

Algo grave e importante debe fallar en la Iglesia de Jesús cuando en vez de decir con nuestra palabra y nuestra vida que no es posible la fidelidad a Dios y al culto a la riqueza, contribuimos a dormir las conciencias, desarrollando una religión burguesa y tranquilizadora.

¿Es este nuestro caso?
¿Cómo pensamos reaccionar?
¿Qué cambios necesitamos introducir?

Sintetizemos:
¿Qué es lo decisivo, lo indiscutible que nos enseña este evangelio?
–el rechazo radical de la acumulación de bienes y riquezas.
Esto es lo que nos debe quedar claro.
La sentencia final que pronuncia Jesús no admite dudas: "No podéis servir a Dios y al Dinero."

Si Dios se ha encarnado, se ha humanizado, es decir, se ha fundido con lo humano, la sentencia de Jesús afirma que la acumulación de riqueza deshumaniza.
La acumulación de riqueza
–destruye nuestra propia humanidad
–nos hace insensibles
–nos endurece.
Esto es lo que, en definitiva, significa que no podemos servir a Dios y al Dinero.

¿Realmente lo tenemos claro?
¿Realmente actuamos en consecuencia?