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6º domingo de Pascua. Ciclo B
Barcelona, ​​10 de mayo de 2015

Las primeras generaciones cristianas cuidaban mucho la alegría.
Les parecía imposible vivir de otra manera.
Las cartas de San Pablo que circulaban por las comunidades repetían una y otra vez la invitación a "estar alegres en el Señor".
El evangelio de San Juan pone en boca de Jesús estas palabras inolvidables: "Os hablo así para que os alegréis conmigo y vuestra alegría sea completa."

¿Qué ha podido pasar para que la vida de los cristianos aparezca hoy ante muchos como una realidad
-triste
-aburrida
-y penosa?

¿En qué hemos convertido la adhesión a Jesucristo resucitado?
¿Qué ha sido de esta alegría que Jesús contagiaba a sus seguidores?
¿Dónde está hoy?

La alegría no es algo secundario en la vida de un cristiano.
Es un rasgo característico
-un rasgo esencial
-una manera de estar en la vida: la única manera de seguir y de vivir Jesús.

Esta alegría del creyente
-no es fruto de un temperamento optimista
-no es el resultado de un bienestar tranquilo
-no debe confundirse con una vida sin problemas ni conflictos.

Todos lo sabemos: un cristiano experimenta la cruda dureza de la vida con la misma contundencia y fragilidad que cualquier ser humano.
El verdadero secreto de esta alegría está en otro horizonte. Pablo dice que es una "alegría en el Señor" que se vive estando arraigados en Jesús.
Juan aún dice más: "es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros."

Esta alegría no se vive de espaldas a los sufrimientos que hay en el mundo. Al contrario: se convierte en principio de acción contra la tristeza.
Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas contagiando alegría realista y esperanza trascendente.

¿Qué es lo que nosotros contagiamos?