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Domingo XXXIV del tiempo ordinario. Ciclo A. Cristo Rey
Barcelona 23 de noviembre de 2014

Los cristianos hemos atribuido al crucificado varios nombres:
– redentor
– salvador
– rey.
Podemos acercarnos a Él agradecidos porque nos ha rescatado de la perdición.
Podemos contemplarlo conmovidos porque nadie nos ha amado como Él.
Podemos abrazarnos a Él para encontrar fuerzas en medio de nuestros sufrimientos y penas.
Pero entre los primeros cristianos se le llamaba también mártir, es decir: testigo.

Un escrito redactado hacia el año 95, el Apocalipsis, ve en el Crucificado el mártir fiel, el testigo fiel.
Desde la cruz, Jesús se nos presenta como el testigo fiel de una manera de entender y de vivir la existencia plenamente identificado con los últimos, los sin voto y sin voz.
Se identificó tanto con las víctimas inocentes que acabó la vida como ellas, asesinado.

Jesús había ido demasiado lejos al hablar de Dios y de su justicia. Sus palabras molestaban.
Ni el Impery Romano ni el Templo de Jerusalén con sus autoridades religiosas no podían consentirlo.
Era del todo necesario eliminarlo.
Entre los pobres de Galilea se vivía esta convicción:
– ha muerto por nosotros
– para defendernos hasta el final
– ha muerto por atreverse a hablar de Dios como defensor de los últimos.

Al mirar al Crucificado, deberíamos recordar instintivamente el dolor y la humillación de tantas víctimas desconocidas y anónimas que a lo largo de la historia
– han sufrido
– sufren
– y sufrirán olvidadas por casi todos.
Sería una burla besar el Crucificado, invocarlo o adorarlo como Rey mientras vivimos indiferentes a todo sufrimiento que no sea el nuestro.

El Crucificado está desapareciendo de nuestros hogares y de nuestras instituciones. Pero los crucificados del mundo entero siguen aquí. Lo podemos ver cada día en cualquier telediario.
Debemos aprender a venerar el Crucificado no en una pequeña cruz de madera, de plata o de oro, sino
– en las víctimas inocentes del hambre y de las guerras
– en las mujeres asesinadas por sus parejas
– en los que mueren ahogados al hundirse y naufragar sus pateras.
Etcétera, etcétera...

Confesar el Crucificado como Rey no es únicamente hacer grandes profesiones de fe.
¿Cuál es la mejor manera de aceptarlo como Señor?
Es imitarlo, viviendo más identificados con los que sufren injustamente.