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La Asunción de María. Ciclo A
Barcelona, ​​viernes 15 de agosto de 2014

La fiesta de la Asunción de María al cielo representa y concreta la exaltación suprema que la religión hace del femenino.
Aunque este dogma ha sido el último entre los dogmas marianos que la Iglesia ha proclamado en 1950 por Pío XII.
Sí que hay que recordar hoy que la fe del pueblo en la Asunción de María proviene de los primeros siglos del cristianismo.

¿Qué significa esta fe?
La necesidad que el común de los fieles experimenta de integrar el femenino en sus convicciones religiosas.
Aquí es importante recalcar que Dios no es un ser sexuado. Dios no es de condiciones masculina ni femenina.
Pero las culturas androcéntricas y machistas nos han transmitido de forma predominante por no decir exclusivamente, representaciones masculinas de la divinidad: Dios como Padre, no como madre; como Rey, no como reina; como Señor, no como señora; etc.

Ahora bien: debemos reconocer y aceptar que en la condición humana el femenino es tan important como el masculino.
Y, ¿por qué?
Porque ambos componentes son constitutivos de nuestra humanidad.
De ahí que nuestra experiencia religiosa está con demasiada frecuencia desequilibrada.
La representación masculina del divino equivale a presentarnos a Dios con las características que la cultura ha destacado en el masculino: el poder, la autoridad, la fuerza, el dominio, incluso la amenaza y, incluso, la violencia.

La festividad de la Asunción representa, entre otras cosas, el esfuerzo para recuperar la dimensión que las culturas machistas han marginado y, incluso, despreciado.
Necesitamos integrar en nuestra experiencia religiosa
– la sensibilidad
– la ternura
– la delicadeza
– la singular bondad que las culturas machistas, en las que casi todos nos hemos educado o des-educado, atribuyen al femenino.

Dios es Padre y Madre. Dios es femenino. Dios es la plenitud de lo humano.
Y sabemos de sobra que el humano sin feminidad no es humano.