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Domingo XIX del tiempo ordinario. Ciclo A
Barcelona, ​​10 de agosto de 2014

Es sorprendente la actualidad que en estos tiempos de crisis tiene el relato de la tempestad en el lago de Galilea.
San Mateo nos describe la situación:
– los discípulos de Jesús se encuentran solos, lejos de la tierra firme, en medio de la inseguridad del mar
– la barca está fuertemente sacudida por las olas
– y del todo desbordada por las fuerzas adversas
– el viento les es contrario
– todo se les vuelve en contra
– es noche y las tinieblas impiden ver el horizonte.

Así viven o malviven muchos creyentes el momento actual
– ya no hay seguridad ni certezas religiosas
– todo se ha vuelto oscuro y dudoso
– la religión está sacudida por todo tipo de acusaciones y sospechas
– se habla del cristianismo como de una religión terminal que pertenece al pasado
– se dice que estamos entrando en una era post-cristiana
– en algunos nace el interrogante: ¿No será la religión un sueño irreal, un mito ingenu llamado a desaparecer?

Es el grito de los discípulos en entrever Jesús en medio de la tormenta: lo toman por un fantasma.
La reacción de Jesús es inmediata: "¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!"
Animado por estas palabras, Pedro hace a Jesús una petición inaudita: "Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua." 
Pedro no sabe si Jesús es un fantasma o alguien real, pero quiere comprobar si puede caminar hacia él sobre el agua, no sobre la tierra firme, no apoyándose en argumentos seguros, sino en la debilidad de la fe.

Así es como vive el creyente su adhesión a Cristo en momentos de crisis y oscuridad.
No sabemos si Cristo es un fantasma o alguien vivo y real resucitado para nuestra salvación.
No tenemos argumentos científicos para comprobarlo, pero sabemos por la experiencia cristiana que se puede caminar por la vida sostenidos por la fe en Él y en su Palabra.
No es nada fácil vivir de esta fe desnuda: el relato evangélico nos dice que Pedro sintió la fuerza del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse.

Es un proceso muy conocido:
– fijarnos sólo en la fuerza del mal
– dejarnos paralizar por el miedo
– y hundirnos en la desesperanza.
Pedro reacciona y antes de hundirse del todo grita: "¡Sálvame, Señor!".

La fe es muchas veces un grito, una invocación, una llamada a Dios.
Sin saber ni cómo ni perqué, es posible entonces percibir Cristo como una mano extendida que sostiene nuestra fe y nos salva, al tiempo que nos dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?"