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Obertura: invisible.

Una de las frases más famosas de Saint-Exupéry pertenece a la su obra “El principito”: Lo esencial es invisible en los ojos. Cuesta mucho aceptar que lo visible adquiere su sentido más profundo y su explicación más clara en lo invisible. En la fe es evidente, pero no lo es menos en el campo de la ciencia. COVID-19 es un coronavirus invisible a los ojos. Su tamaño se mide por nanómetros, que son la millonésima parte de un milímetro. Todo el mundo se ha puesto patas arriba por el virus que, además, no es ningún ser vivo, como sí lo es una bacteria. El mundo invisible a los ojos nos puede llevar la vida o la muerte. Esto ya ha pasado como el tema de los “marcianos”, como habitantes del planeta Marte. Orson Welles, cuando tenía 23 años, el 30 de octubre de 1938, emitió un programa de radio por la CBS diciendo que llegaban seres marcianos, alienígenas que provocaban la destrucción. La reacción de la gente fue alocada y caótica. Decenios después, Steven Spielberg, dirigió una película de ciencia ficción titulada “E.T., el extraterrestre”. A diferencia de los marcianos de Welles, E.T. es un personaje tierno, amable, amoroso. Dos visiones del mundo extraterrestre. En aquello que es invisible en los ojos nos jugamos la vida biológica y la vida espiritual. El coronavirus lo recuerda a una humanidad confinada en su casa. Nos sumerge en la incertidumbre porque nos cuesta mucho defendernos de aquello que no vemos. En el campo espiritual, tal como nos lo ha revelado Jesús, el Dios que nos presenta es amor, misericordia, compasión, vida. El virus de la mundanidad espiritual nos impide verlo así. Ahora, invito a realizar siete miradas sabiendo que, más allá de las cosas observadas, hay un factor invisible, que otorga a la existencia su sentido más profundo.

Primera mirada: ansia

Con la pandemia que nos amenaza por todas partes de manera invisible, buscamos una explicación y un sentido en aquello que vivimos. Como Maria y José, cuando pierden a su hijo al volver de Jerusalén. Las caravanas se estructuraban por sectores y a menudo los miembros de la familia se podían distribuir por tramos específicos: hombres, mujeres... Cuando se reencuentran en la pausa del primer día, se dan cuenta que Jesús no está. Sentimiento de pérdida y de angustia. Buscan entre los amigos y conocidos. Nada de nada. Ni rastro. Solo queda una opción. Volver a Jerusalén, que es buscar una aguja en un pajar. De Nazaret, un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce, a Jerusalén, la capital, una muchedumbre de peregrinos, turistas, comerciantes... Tres días, mañana, tarde y noche, que anticipan los tres días del vacío que provocará su muerte. Sensación de impotencia, de fracaso, de preocupación creciente... Para salvarlo de la matanza de Herodes, lo llevaron a Egipto y ahora lo pierden de manera incomprensible en Jerusalén. Finalmente, lo encuentran en el templo hablando entre maestros de la Ley. Parece que el primer sentimiento sería la alegría de encontrarlo, pero aquí se dice que sus padres quedaron sorprendidos. Están sobrepasados por los hechos vividos. Maria, de la cual se recogen pocas frases a los evangelios, no calla. Jesús se ha pasado de rosca: Hijo mío, ¿por qué te has comportado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos con ansia. Vendría a decir: ¿tú sabes el que nos has hecho sufrir? La respuesta de Jesús es desconcertante: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre? Nueva sorpresa. Ni el guionista más osado sabría continuar este diálogo. Lucas solo dice: ellos no comprendieron esta respuesta. Y acaba el relato con una frase existencial: su madre conservaba todo esto en su corazón. Es decir, el corazón es la sede de la memoria. No puede olvidarlo. Lo tiene que digerir. Jesús entonces tiene 12 años. Como le sucederá a la hija de Jairo, entra en la edad adulta según criterios de la época. Nosotros, inmersos en la pandemia del coronavirus, experimentamos también todos los sentimientos que afloran en este episodio: angustia, preocupación, pánico, sorpresa, ansia, desbordamiento.

Segunda mirada: desconcierto.

El mundo no se acaba hoy. No es el apocalipsis. No es el fin del mundo. Quizás sí el fin de un mundo, de una forma de entender la vida. Las profecías apocalípticas definen mal lo que estamos viviendo. Apocalipsis tiene dos significados. El más conocido hace referencia a la catástrofe. En la Biblia, apocalipsis significa revelación. Podemos unir los dos significados y hacernos uno pregunta: ¿Qué nos está revelando esta catástrofe mundial? Yuval Noah Harari, en 2018, antes de esta pandemia, invita a cambiar de modo pánico a modo desconcierto: El primer paso es bajar el tono de las profecías sobre el fin del mundo y cambiar de modo pánico a modo desconcierto. El pánico es una forma de arrogancia. Procede de la sensación prepotente de saber exactamente hacia donde se dirige el mundo: hacia abajo. El desconcierto es más humilde, y por tanto tiene una visión más clara. Si tenéis ganas de salir corriendo por las calles gritando: “Se acerca el apocalipsis”, probad de deciros a vosotros mismos: “No es esto. La verdad que no entiendo qué pasa en el mundo (21 lecciones para el siglo XXI). Una vez más la incomprensión. Muchas reacciones muestran que se nos escabulle el sentido. Todavía no lo hemos captado y no es fácil encontrarlo. No se ve a primera vista.

Tercera mirada: estadísticas

Cataluña, en fecha de 2019, tiene 7.619.494 habitantes. Hasta la mañana de ayer, 10 de abril, viernes santo, se habían muerto 3.148 personas. Representa el 0,04% de la población, es decir, 41 personas cada 100.000 habitantes. Desde la perspectiva de los muertos según la edad, a fecha de 9 de abril y en todo España, el 86,7% concierne a mayores de 70 años y el 95,6% a mayores de 60 años. Desgraciadamente, España es el país del mundo con más muertos por habitantes (29,3 por 100.000). En cierto modo, las estadísticas objetivan el problema. Por tanto, tendrían que atenuar el pánico a la letalidad del virus, pero de nada sirven las estadísticas a quienes mueren. La mayoría, en concreto el 99.96%, se encuentra en el sector superviviente. Quién forme parte del grupo absolutamente minoritario del 0,04% ha llegado a su fin. En este caso, las estadísticas no son ningún consuelo. En la vida religiosa, atendidas las edades bastante elevadas, muchas personas mayores estamos en la zona de riesgo.

Por otro lado, según la OMS, cada año mueren cerca de 1,3 millones de personas en las carreteras del mundo entero. El 93% de las muertes por accidentes de tráfico se producen en países de ingresos bajos o medios, que solo cuentan con el 54% de los vehículos matriculados al mundo (actualización julio 2017). Llama la atención que ningún organismo internacional ni ningún país haya confinado los coches en los garajes. También por la mañana del viernes santo, consulto La Vanguardia digital y veo que en el mundo han muerto por coronavirus 95.745 personas. En cambio, continúan los confinamientos en varios grados en todo el planeta.

Cuarta mirada: confinamiento

El confinamiento no es el objetivo, sino el medio para reducir los contagios y, así, evitar muertes. De repente, las agendas se han cancelado y se ha generado un vacío, que provoca la vorágine del miedo. Inmediatamente, han surgido iniciativas de todo tipo para ocupar las horas libres. Un catálogo lleno de entretenimientos. Hemos sustituido un frenesí (la vida antes de coronavirus) con otro frenesí (la fuga del vacío en el periodo de un confinamiento sin antecedentes). Se descubren nuevas posibilidades de ocupar el tiempo. Las plataformas digitales se vuelven imprescindibles. Se acaba el día pensando que ha faltado tiempo para hacer las cosas. No todo el mundo lo vive del mismo modo. No todo el mundo tiene los medios para distraerse y dejar de ver lo que no se quiere ver. Si se hubiera caído internet y los móviles hubieran quedado inutilizados, el vacío en muchos hogares sería enorme. Algunas personas, además, tienen que vivir en aislamiento. Por otro lado, este hecho nos hace replantear tantas cosas... Representa un llamamiento a tomar conciencia de nuestro estilo de vida planetario. Insostenible. Tenemos oportunidad de aprender muchas lecciones. Empezamos a darnos cuenta poco a poco, pero no sabemos si seremos capaces de hacer el cambio real. Esta pandemia ¿será un paréntesis o un punto de inflexión a mejor? Hablamos mucho del confinamiento y de sus plazos. También de cómo realizar el proceso de desconfinamiento, que si se hace de forma prematura u poco escalonada puede producir centenares de muertes evitables. A menudo, sin embargo, olvidamos el problema de fondo. ¿Cuál es?

Quinta mirada: muerte

En las funerarias, se maquilla de forma estética y magistral a los difuntos. Una forma sutil de maquillar la muerte. A menudo se trata de invisibilizarla o, al contrario, de convertirla en un espectáculo consumista, como sucede en tantas películas. Dos formas diferentes de trivializarla. Hay quién, también, habla de superarla. La tecnología nos promete la inmortalidad como afirman los defensores del posthumanismo. Solo un virus contagioso, tan invisible y letal como el COVID-19 tira por tierra estos sueños de grandeza. Hace muchos años pregunté a mis alumnos de filosofía si tenían miedo a la muerte. Una alumna muy inteligente me contestó: Más que a la muerte, tengo miedo al envejecimiento. No he olvidado nunca aquella respuesta. No es extraño que la juventud se mitifique y se quiera prolongar a lo largo de los años, en vez de aceptar que, como dice la famosa composición de Vivaldi, la vida tiene cuatro estaciones. La muerte y el envejecimiento, que es en gran parte su antesala, se relacionan con un miedo ancestral al sufrimiento. Muchas propuestas de la eutanasia esconden un miedo al sufrimiento, a pesar de la existencia de las curas paliativas. Ante estas tres situaciones, ¿qué hacer? ¿Cómo vivirlas en profundidad sin renunciar a una vida en plenitud? La pandemia agudiza nuestro sentido de peligro y el número de muertos mina nuestra seguridad y nuestra inconsciencia. Este es el problema. Tarde o temprano llega. Estamos en el andén de la estación y no sabemos a qué hora pasará el tren. Ahora somos conscientes que el virus nos puede llevar por delante. Se abre la pregunta por el sentido.

Sexta mirada: Jesús

Jesús, cuando reza en Getsemaní, vive la inmediatez de su muerte. Sale del espacio protegido de la Última Cena, del “confinamiento” del cenáculo, para afrontar sus últimas horas. Experimenta la tristeza de la muerte. Reza en el silencio de la noche, en soledad, en intimidad: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya. (Lc 22,42). El evangelista añade: lleno de angustia, rogaba más intensamente, y su sudor parecía como gotas de sangre que cayeran hasta tierra. He hablado por teléfono con personas que sufren el coronavirus y comentan que han vivido momentos de intensa angustia. Jesús, cuando pide al Padre que le retire la copa del sufrimiento, no hace literatura. Dice la verdad. No busca el sufrimiento, pero tampoco lo rehúye si hacerlo implica dejar de cumplir la voluntad de Dios, que consiste en proclamar la buena noticia a los hombres y a las mujeres. El sufrimiento no se busca. Si llega, se afronta, sin narcisismos ni actitudes masoquistas. El evangelio (la buena noticia) incomoda a los poderes políticos y religiosos de su tiempo. Por eso quieren eliminarlo. La voluntad de Dios no es que sufra, sino que anuncie el Reino de Dios, incluso al precio de morir: se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. (Fil 2,8). La cruz es el signo radical de la fidelidad al proyecto de Dios. No es el objetivo, sino la prueba de hasta dónde llega la voluntad de anunciar la buena noticia y de liberar a las personas. El sufrimiento, en Jesús, adquiere tales proporciones que de sus labios sale con toda fuerza el interrogante más impactante de la Biblia, reproducción del salmo 22: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46). Mateo reproduce sus palabras en arameo. Se trata de un tema demasiado personal para no proclamarlo en la lengua materna del protagonista. Jesús no se sumerge en la rebelión ni busca claudicar. Su noche oscura culmina en la confianza: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46). ¡Tanta gente, especialmente personas mayores, habrá muerto en estas semanas con una sensación de abandono y soledad, sin la afectividad de la familia y sin ningún consuelo espiritual!

Séptima mirada: Etty Hillesum

La muerte no ha sido una realidad ausente en mi vida. Cuando tenía tres años y medio murió mi padre. Poco antes de cumplir quince años, mi madre. Llegué a pensar que me moriría joven. Atribuí a la muerte un tono familiar. Si no he tenido demasiadas oportunidades de haber vivido como hijo en clave presencia, he tenido y tengo muchas más de vivir como hermano en el núcleo de mis hermanas y mis hermanos. Incluso, pertenezco al Instituto de los Hermanos Maristas, en el cual la fraternidad es un valor existencial y religioso. Sea como fuere, la muerte merece respeto. A veces, mucha angustia y temor. Me llama poderosamente la atención cómo en numerosos textos bíblicos, Dios, Jesús o un ángel cuando aparecen en la vida de una persona el primer mensaje que le transmiten es No tengas miedo. El miedo impide el amor y la libertad. El miedo surge de estar apegado a las cosas, a la vida, de manera patológica. El miedo es la consecuencia del apego. Desprenderme de las cosas a las que estoy apegado puede causarme pánico... ¡Quizás desapegarme me daría tanta libertad! La situación actual, vivida con actitud confiada y libre, me genera una profunda paz. Paz que vivo solo en pequeñas ráfagas, en momentos de gracia, cuando no me dejo llevar por el virus de la mundanidad espiritual.

Hay un texto que siempre llevo en una pequeña nota del móvil. Su autora es Etty Hillesum (1914 Middelburg, Países Bajos - 1943 Oświęcim, Polonia). Como mujer judía, estuvo confinada en Ámsterdam y murió después en un campo de concentración. Diez meses antes de su muerte, cuando tenía 28 años, escribió el 11 de julio de 1942 en su Diario el fragmento que recojo a continuación y que pido que Dios me conceda de vivirlo como actitud vital: No me siento atrapada en las arpas de nadie, solo me siento en los brazos de Dios, para decirlo de una forma bella. Es igual que esté sentada aquí ante mi querido escritorio o que viva, dentro de un mes, en una pobre habitación en el barrio judío, o tal vez en un campo de trabajos forzados bajo la custodia de la SS. Creo que siempre y en todas partes me sentiré en los brazos de Dios. Tal vez me destruyan físicamente, pero nada más. Tal vez caiga en la desesperación y tenga que soportar unas carencias que no pueda imaginarme ni en mis fantasías más sombrías. Y, sin embargo, todo es insignificante si se mide con el inmenso sentimiento de la confianza en Dios y con las posibilidades que ofrecen las vivencias interiores.

Pausa: ojos cerrados

Estas reflexiones y estos sentimientos personales están enlazados con la comunidad humana y creyente. No estoy solo. Los otros también están. Como sucedió en el arca de Noé, la salvación es colectiva. Hemos descubierto la fuerza del contagio a causa del coronavirus. Hemos visto en los últimos tiempos como las fake news, las mentiras, el odio, la corrupción, la ambición de poder... se extienden con tanto y mayor peligro que el COVID-19. El mal es contagioso. No hay que olvidar, de ningún modo, que la vida espiritual, también se contagia de manera constructiva. El bien, el amor, la fe, la solidaridad, la plegaria, la belleza… también son difusivos. Hay historias de amor, de generosidad, de dedicación... en estos días, que no pasarán a la historia, pero sí a la eternidad. La fe y la esperanza pasarán, pero el amor no pasará nunca.

Esto no es el final de la historia. Solo, una pausa para tener los ojos cerrados y para comprender, aunque sea a tientas, las palabras de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo. Ya no soy yo quien vivo; es Cristo quién vive en mí. (Gal 2,19-20).