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Manuel Milián Mestre afirmó en una entrevista concedida a elnacional.cat (19 agosto 2019): «Yo creo que para resolver un gran problema hay que sentarse en la mesa con quien sea, con Satanás en persona si conviene.» Un criterio claro y sin florituras. Este eminente político, fundador del partido Alianza Popular, reconvertido posteriormente en el PP, se refería a la cuestión catalana, vertiente independentista incluida. Limitar los contenidos del diálogo a lo políticamente correcto implica en el fondo su negación. En estos últimos años se ha hablado con relativa frecuencia de diálogo, pero sin el mínimo convencimiento. La famosa Operación Diálogo, activada a finales de 2016, acabó en un enorme fiasco, porque nunca pasó de un mero ejercicio de márketing y publicidad. Si no se busca el win-win, el acuerdo y la satisfacción mutuos, queda como alternativa la negación que cronifica los problemas. La polarización no resuelve nada. Quizás esconde la voluntad de destruir al adversario o, como mínimo, reprimirlo hasta domesticarlo.

El criterio de «sentarse en la mesa con quien sea» fue practicado, no sin reservas y en sordina, hace más de cuarenta años. Se consiguieron unos grandes resultados tal como estaba el panorama, aunque insuficientes. Sin embargo, hoy estamos más cerca de perder los avances obtenidos, pese a sus límites, que de profundizar en el ejercicio democrático de los derechos recuperados.

¿Por qué el diálogo de verdad hoy es inviable? Porque faltan líderes que sepan surfear por encima de las presiones de grupo y no sean esclavos de las fuerzas mediáticas. Muchos gobernantes están presos por las críticas de sus oponentes y no se atreven a tener un discurso propio. Buscan más el aplauso que la verdad. Siempre quien goza de más poder tiene mayor responsabilidad. No hay que confundir diálogo con decisiones. Por este motivo, un diálogo que tenga límites de contenido o temas tabú no merece el nombre de diálogo. Cuando no se busca entender al interlocutor, uno deja de entenderse a sí mismo.