Este verano, en varias ocasiones, he tenido la oportunidad de ser un comensal de anfitriones chinos. Participar en sus comidas me ha permitido acercarme a los valores culturales que subyacen en la gastronomía y en el ritual que la acompaña. Ferran Adrià, entrevistado en 2025 en Londres por la agencia EFE, llegó a afirmar que «China es la gran tendencia gastronómica por descubrir». Las comidas, además de permitir degustar platos exquisitos, son espacios para mantener conversaciones profundas, establecer vínculos inolvidables y celebrar alegrías contagiosas. Los grupos humanos se pueden configurar por la familia, los amigos, los equipos de trabajo, los grupos académicos… Cada uno de ellos realiza aportaciones propias.
Los valores culturales a menudo laten en el quehacer cotidiano de manera imperceptible. Si alguien consigue darse cuenta, más allá de posibles contrastes, podrá sumergirse en un mundo de significados pletóricos de sentido. Entrar en un restaurante chino permite observar una serie de mesas redondas, que disponen en el centro de una bandeja o plato giratorio (Lazy Susan). Alrededor se sitúan los utensilios reservados a cada comensal, entre los que destacan los famosos palillos. Los asientos se distribuyen dependiendo de la composición del grupo. La propia configuración de la mesa ya expresa una determinada manera de entender la relación con los demás.
Quisiera subrayar especialmente un detalle que refleja una mentalidad antropológica concreta. En la comida china se sirven platos de comida muy variada, que se comparten con los presentes. En Occidente, cada comensal pide su plato, un camarero se lo sirve y el destinatario lo consume de manera individual. En Oriente, concretamente en China, los platos son para todos, no se atribuyen a nadie en concreto. La bandeja giratoria es el espacio común, donde no reina lo mío sino lo nuestro. Puedo acceder a todo como todos los comensales. En buena parte de la cultura occidental se acentúa el individuo; en buena parte de la oriental, la colectividad. Estas dos realidades son necesarias siempre y en todas partes, pero no se intensifican del mismo modo. La misma geometría de la mesa contiene significados interesantes. Al ser circular, todos están equidistantes del centro y todos pueden verse con facilidad.
La gastronomía está vinculada a la cultura. En ocasiones existe una resistencia porque la cultura de origen no está acostumbrada a comer algunos platos: caracoles, carne de conejo o mariscos… Pero compartir una mesa supone también entrar, aunque sea modestamente, en el mundo del otro. La relación personal y la conversación son fundamentales en una comida o una cena. La comensalidad crea un espacio donde las diferencias pueden encontrarse sin necesidad de desaparecer.
En los textos evangélicos y en los libros de historia hay momentos excepcionales a los que hubiera sido un privilegio asistir. La última cena de Jesús en Jerusalén, la última cena de Sócrates en Atenas… así como otros momentos y circunstancias en los que cada uno desearía haber participado. Porque comer no es solo cuestión de estómago, sino también de cabeza y de corazón, de tareas culinarias y de vínculos humanos. Sentarse juntos a la mesa es compartir alimentos, palabras y tiempo. Y, a veces, también puede convertirse en una experiencia de espiritualidad.