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La primera Navidad es la que da sentido a todas las demás. Con el paso del tiempo, la celebración se colorea, se idealiza, se viste de oropeles. Hoy la Navidad sufre acoso en su núcleo esencial. No importa tanto lo que sucedió sino las ventajas que, en la actualidad, se pueden extraer en el campo comercial. Otros pugnan por suprimir del calendario el sentido religioso de la fiesta para sustituirlo por el reclamo del solsticio de invierno. Mantener el envase vaciando su contenido. En algunos lugares, los pesebres molestan porque recuerdan la primera Navidad. Los villancicos se oyen menos en nuestro contexto social inmediato. En otros países no es lo mismo.

La primera Navidad pasó socialmente inadvertida, como suele suceder en grandes acontecimientos de la historia. Su importancia se descubrió después. Siglos de espera en el pueblo de Israel. Para María y José el acontecimiento no fue claro desde el inicio. Fe y confianza sin atisbar todo su alcance. No resulta extraño que la madre de Jesús conservara todas esas cosas en su corazón para meditarlas y desentrañar su sentido.

El nacimiento de Jesús fue festejado por unos pastores, somnolientos, de aquella zona, gracias a la intervención de los ángeles. Los sabios fueron buscadores que leían los signos y discernían el momento de la aparición mesiánica. Ni magos ni reyes. Personas inquietas que siguieron el trayecto de una estrella. Un viaje iniciático tras la fuente de la espiritualidad.

Los poderes de todo tipo se comportaron como siempre. El poder político romano promulgó un edicto para empadronar a todos los habitantes sin escatimar molestias, viajes e inconvenientes a los habitantes de Palestina. Un control al servicio del poder y un recurso que recaudar impuestos. El poder económico generó exclusión: no había lugar para ellos en el hostal. El poder local diseñó una estrategia de muerte para el niño Jesús con el fin de evitar la amenaza de un Mesías que pudiera derribarlo. Si el precio era un asesinato colectivo, se afrontó sin miedo ni remordimientos. El lloro de las familias rasgó el silencio de la zona rastreada. José, María y Jesús tuvieron que exiliarse a Egipto y se convirtieron en refugiados políticos (y religiosos). Solo pudieron regresar cuando el tirano murió. Las decisiones recayeron sobre José, que siguió las indicaciones recibidas en sueños. 

Los caminos de Dios son inescrutables, sorprendentes, discretos. Parece que no sucede nada, pero la gracia divina entra en tromba en la vida de las personas. Apertura al evangelio que cambia los corazones: un corazón de piedra en un corazón de carne. Misericordia, compasión, proximidad… Escucha del mensaje, discernimiento espiritual, celebración comunitaria. Encarnación. Uno como nosotros, menos en el pecado. Navidad: la apuesta de Dios a favor de la humanidad. El primer paso: no el último. Mi deseo de una feliz Navidad contiene una invitación a contemplar este misterio de amor.