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Por Lluís Serra Llansana . Dom, 04/09/2022 - 09:00
En Gerasa

En estos meses de vacaciones que estamos dejando atrás, los pinchazos en las discotecas o en lugares de diversión han acaparado la atención informativa. Las posibles víctimas se han visto sacudidas por el miedo, la angustia, la incertidumbre, la indignación… En el horizonte, el pánico a la sumisión química, que facilita la agresión sexual, aunque han sido pocos los casos que han podido considerarse como tales, tras practicar los controles sanitarios adecuados. Otros, la mayoría, pueden atribuirse a la intención de sembrar miedo y de aprovecharse del impacto mediático del tema. Los centros hospitalarios han tenido que afrontar esta ola de pinchazos para discernir la tipología y determinar la gravedad de los pinchazos.

Se trata de imponer el imperio del deseo y de la apetencia personal por encima del respeto a la voluntad y a la libertad ajena. Si los protagonistas de una relación, casi siempre ocasional, fueran conscientes y mutuamente respetuosos, sería distinto. Para desactivar la libertad ajena hay que sumir a la persona en la inconsciencia a fin de que no pueda oponerse al deseo de ser invadida, utilizada, agredida. El sí o el no solo tienen entidad y valor cuando surgen de una persona consciente. El otro, la otra mayormente, queda reducido a un juguete, que se tira cuando ha sido usado. Otro modo de jugar consiste en sembrar el miedo. Pinchar con la única finalidad de generar inquietud, sin riesgo físico. Estas prácticas, de distinto calibre, son todas nefastas.

En la relación humana, la pérdida de la confianza ensombrece y deteriora la convivencia. Todas estas modalidades son pinchazos a la libertad. De quien recibe el pinchazo, porque se torna inconsciente o se sumerge en el miedo. De quien lo provoca, porque creyendo ejercer su libertad se deshumaniza deshumanizando a demás. Se convierte así en esclavo de sus instintos. Las relaciones humanas, si funcionan, son una maravilla, pero es una maravilla que funcionen, porque no es tan fácil tener los ingredientes básicos que las garantizan: la consciencia, la libertad y la voluntad, vividas en un respeto mutuo. Claro que la libertad sin la responsabilidad, sin una dimensión ética, no es más que un espejismo.

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