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Asistí en el aula Pablo VI a la audiencia que el papa Francisco concedió con motivo del Jubileo de la Vida Consagrada. A las doce del mediodía, las más de 5.000 personas, procedentes de distintos puntos de la geografía mundial, esperábamos al Papa. La gente se agolpaba en el pasadizo central para gozar de una vista privilegiada y conseguir una foto de recuerdo. Emoción a su llegada. Una vez ya en el magnífico escenario del aula, dejó los folios del discurso preparado y expresó su deseo de hablar desde el corazón de manera improvisada. Sin duda, su intervención ganó en viveza y en profundidad de comunicación. Desarrolló su discurso en torno a tres palabras: profecía, proximidad y esperanza, que consideró como tres pilares de la vida consagrada.

Al hablar de proximidad, dijo lo siguiente: «Un modo de alejarse de los hermanos y de las hermanas de la comunidad es el terrorismo de los chismorreos. Escuchad bien: no al chismorreo, al terrorismo de los chismorreos, porque quien habla mal es un terrorista. Es un terrorista dentro la propia comunidad, porque lanza como una bomba la palabra contra este, contra aquel, y luego se va tranquilo. ¡Destruye! Quien hace esto destruye como una bomba y él se aleja.» No es la primera vez que expone esta idea, que aplica a distintos grupos humanos. La palabra como una bomba que destruye. Más adelante, insistió: «Si tú lanzas la bomba de un chismorreo en tu comunidad, esto no es proximidad: ¡esto es hacer la guerra! Esto es alejarte, esto es provocar distancias, provocar anarquismo en la comunidad.»

El papa Francisco no hace un juego de palabras. Llama a las cosas por su nombre. Existe un terrorismo que destruye la vida física de las personas. Otro terrorismo aniquila moralmente el honor y la fama de los demás. Destruye su red relacional y le imposibilita la defensa. Sucede en las comunidades religiosas, así como en cualquier grupo humano. Los medios de comunicación agigantan el impacto de la bomba cuando su explosión se produce en círculos mediáticos de gran potencia. Existe en el ámbito social y político. Hay periódicos que han filtrado informes falsos sobre personas con el objetivo de destruir la confianza de sus electores. En ese caso, no se busca la verdad —que sería tarea encomiable—, sino eliminar al adversario, neutralizarlo... Sin escrúpulos. Por afán de poder, de dinero, de motivaciones inconfesables. Heinrich Böll publicó en 1974 su novela El honor perdido de Katharina Blum. Al año siguiente, Volker Schlöndorff y Margarethe von Trotta la llevaron a la plantalla. Distintos estamentos, entre los cuales el periodismo no era el menor, despedazaron a la protagonista de la historia. Medias verdades, historias no comprobadas, ansias de audiencia, finalidades turbias... son también expresiones de este terrorismo del chismorreo en nuestro país. La verdad requiere otro tratamiento. Las bombas buscan su objetivo sin pensar en los daños colaterales, que suelen ser muchos y graves. Las instituciones y personas que son sus víctimas lo saben.