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Circulo por las autovías y autopistas catalanas. Veo un cartel electrónico que anuncia: «Objetivo: cero víctimas.» Más adelante, el siguiente indica el número de muertos y heridos graves en carretera que se ha producido a partir de una fecha concreta. Una forma dramática de llamar la atención para extremar la prudencia. Se pretende evitar los accidentes a través de la prevención. A nadie se le ocurre pensar que se obligue a cerrar la carretera, en muchos casos, amplia y bien diseñada. El problema es acostumbrarse. Al final, parece normal pagar un peaje de vidas humanas si queremos circular por las redes viarias. No obstante, la cifra de accidentes mortales no elimina el objetivo que se busca. Cero víctimas. Tanto el objetivo como el tratamiento responden a la actualidad. Hace años, una muerte en carretera era tan dramática como lo es hoy en día, pero todo lo demás era distinto: firme de la calzada, diseño de los trazados, número de curvas, pintura de las líneas, calidad de los vehículos, señalización, etc. No existían radares tan perfectos, ni controles etílicos, ni GPS, ni acaso tacógrafos, ni helicópteros que detectan los mínimos pormenores. Los avances tecnológicos, que aportan mucho, pueden convertirse en riesgos graves, como el uso del móvil. Un juicio justo requiere situarse en el contexto. La mentalidad va cambiando hacia una mayor conciencia del problema y un sentido más agudo de la responsabilidad.

Se acaba de publicar el «Protocolo de actuación entre los departamentos de trabajo, asuntos sociales y familias y de enseñanza, de prevención, detección, notificación, derivación y coordinación de las situaciones de maltrato infantil y adolescente en el ámbito educativo». También en estos campos, como el correspondiente a la dirección general de tráfico, el objetivo es cero víctimas. Si en las carreteras se pone en juego la vida humana, en los ámbitos educativos, la dignidad y la maduración de los menores de edad. Estas heridas psicológicas, morales y espirituales, que tanto sufrimiento causan a las personas, deben ser evitadas por todos los medios. La Convención de las Naciones Unidas sobre los derechos del niño, que entró en vigor en 1990, establece un nuevo horizonte para regular sus derechos, que antes no se reconocían. La mentalidad, afortunadamente, va cambiando aunque a un ritmo más lento del deseable. La conciencia en las personas que intervienen en la educación, profesores y alumnos incluidos, puede favorecer en gran medida el desarrollo de políticas claras de prevención. Los riesgos siguen existiendo. No siempre es posible detectar a los abusadores ni cómo vienen los alumnos cuando llegan por primera vez a un centro. Algunos, desgraciadamente, ya vienen con un peso familiar en la mochila. Basta observar las estadísticas y los estudios. Si se produce un problema, hay que intervenir de manera decidida, pero este protocolo tiene que facilitarlo sin buscar complicaciones innecesarias. El tiempo dirá si es el acertado.