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Una mujer, en el transcurso de un seminario de trabajo y crecimiento personal, expone ante el grupo que está viviendo un momento algo difícil. Ha hecho mucho por su familia, incluso por los demás, pero ahora siente la necesidad de estar sola y de atender mejor sus necesidades personales. Requiere tiempo para ella. Se siente algo confusa, incluso insatisfecha. Está en un período de búsqueda. El pasado no da para más, pero el futuro todavía no ofrece garantías. Adivinando su edad, le digo que puede encontrarse en la crisis espiritual de la mitad de la vida. Hasta ahora ha luchado por muchos objetivos, ha conseguido muchas cosas, se ha desarrollado profesionalmente, ha construido su familia… El problema es que ha cambiado la pregunta. Ya no es qué puede hacer o alcanzar, sino qué sentido tiene lo que hace. La pregunta por el sentido adentra, como ninguna otra, en la dimensión espiritual de la vida. Freud queda atrás y aparece Jung.

Dante Alighieri inicia su obra cumbre, la Divina Comedia, con estos versos: «A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado». Los monjes antiguos nombraban esta situación anímica con la palabra acedía. Los diccionarios la relacionan con pereza, flojedad, tristeza, angustia y amargura. En este escenario, la tentación de la huida —de dejarlo correr— aparece con fuerza. En casi todas las tentaciones, la huida suele ser la mejor respuesta, porque el enfrentamiento no augura un buen resultado. Sin embargo, en la acedía el remedio es la resistencia, mucho más costosa que huir. Aguantar. Poner luz ayuda mucho.

En la primera parte de la vida, esta mujer se ha cuidado mucho de los demás. Se ha entregado del todo, de manera incluso meritoria, pero ha cometido un error: olvidarse de sí misma. No ha sido consciente de sus propias necesidades y las ha desatendido. En la segunda parte de la vida, piensa en resolverlas, en dedicarse más tiempo, en despreocuparse de los demás. Aquí se perfila un nuevo error: olvidarse de los otros. En los grupos de crecimiento personal se detecta con facilidad esta ley del péndulo: del olvido de sí se pasa al olvido de los demás. Se desactivan responsabilidades y compromisos contraídos, y uno se encierra en la burbuja de sus propios sueños. Se ha caído, de nuevo, en la trampa. El mandamiento sigue plenamente vigente, tanto en la primera como en la segunda parte de la vida: amar a los demás como a ti mismo.

Caminar hacia la plenitud implica atender simultáneamente estas dos dimensiones, sin sacrificar ninguna. Jesús dedicaba mucho tiempo a curar a los enfermos y a enseñar a quienes le escuchaban, pero siempre encontraba espacios para retirarse solo a la montaña, a un lugar solitario, para sintonizar su corazón con el Espíritu y orar. Sabía compaginar sus necesidades personales con su misión. El corazón y los pulmones siguen este ritmo binario: sístole y diástole, inspiración y espiración. En la vida también es necesario armonizar el amor a uno mismo con el amor al prójimo. Perder uno de los dos es perderlo todo. La tarea, en este momento vital, la define con precisión el libro de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido.

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