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El móvil está presente en todas partes. En metros y autobuses, las miradas de los usuarios se dirigen a la pantalla multicolor que brilla ante sus ojos. En las comidas de familiares y amigos, estos artefactos se alinean como si fueran un tenedor o un cuchillo. Suscita admiración y, a la vez, rechazo porque sustrae a la persona propietaria de una integración consciente al grupo presencial. Distrae. Tres observaciones.

Primera: el móvil es un dispositivo tecnológico que aglutina múltiples funciones. Sirve como teléfono, video, radio, televisión, internet, audición musical, GPS, dietario, máquina de escribir, oficina bancaria, lista de contactos, lector de libros, correo, despertador, linterna, biblioteca, cámara fotográfica, medidor de pasos, archivo de documentos, diccionario, la misa de cada día, información meteorológica, espacio de juegos… Toda la vida en una pantalla.

Segunda, tantas posibilidades como encierra el móvil están sometidas al uso que se haga de él. Tiene grandes ventajas y, a la vez, encierra muchos riesgos. Su impacto virtual adquiere tal profundidad que puede alejar del mundo presencial. Cuatro personas en la mesa de un restaurante, a escasa distancia física unas de otras, pueden encontrarse muy alejadas virtual y emocionalmente entre sí. Cada una en su mundo. Cabalgar dos caballos al mismo tiempo es posible en el circo y con gente preparada, de lo contrario te caes de uno, del otro o de los dos. Se pierde la noción del aquí y del ahora. Dejamos de vivir a fondo. Se debilitan las relaciones de proximidad.

Tercera, dos consecuencias que cabe destacar entre otras muchas: el móvil se convierte en el símbolo más claro de un individualismo galopante y suele generar una adicción irresistible. Muchas de las funciones que ahora realizamos a través del móvil tenían una dimensión comunitaria. No las podíamos realizar sin la colaboración o la presencia de los demás. Ahora me basto y me sobro. Las redes sociales me ocultan un sentimiento de soledad profunda. Por otra parte, la adicción se llama nomofobia, es decir, miedo irracional a no tener cerca un teléfono móvil.