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Una de las pinturas más famosas del mundo se encuentra en la Capilla Sixtina del Vaticano. Se trata del Juicio Universal, obra de Michelangelo. Inspirada en el capítulo 25 del evangelio según san Mateo, describe la sentencia final y definitiva. En ella está en juego la vida eterna, un tema de máxima importancia. ¿Cuáles van a ser los criterios de valoración? ¿A partir de qué parámetros se evaluará la existencia de cada persona para que merezca una sentencia favorable o condenatoria? En el texto, resulta claro: el amor fraterno. Esta respuesta cruza toda la historia de la humanidad a partir de la pregunta que Dios formula a Caín: “¿Dónde está tu hermano, Abel?” (Gn 4,9). En la persona de cualquier necesitado: hambriento, sediento, enfermo, desnudo, encarcelado…

En el texto de Lucas, se complementa la visión del Juicio Final. Se trata de ser compasivo y misericordioso como Dios. No se mira al pobre como un dato de estadística, sino como una persona, que es mi hermano y mi hermana. Para esto, hacen falta entrañas de misericordia. El evangelista Lucas pone en boca de Jesús la clave: tú recibirás de Dios el mismo trato que tú des a los demás. ¿No quieres ser juzgado? No juzgues. ¿No quieres ser condenado? No condenes. ¿Quieres ser absuelto? Absuelve. ¿Quieres que Dios te dé? Da. Nosotros mismos somos nuestra propia medida. En nuestras manos está establecer la medida que Dios va a aplicar a nuestra vida.

La indicación de Jesús es clara: “Haced a los demás lo que queráis que hagan con vosotros” (Lc 6,31). El criterio surge de mi interior y motiva mi conducta. No hay que malinterpretar el texto. No se está diciendo que los demás me tratarán como yo quiero ser tratado, sino que yo ame a los demás como quisiera ser amado. Dios es mi garantía. No es extraño que en este contexto Jesús nos proponga amar a los enemigos. Dios ama a todos, sin excepción, aunque no sea amado por todos. Este es el criterio para nuestra vida. En la parábola de un padre que tenía dos hijos, el padre actúa siempre con libertad y amor, a pesar de que el hijo pródigo haya dilapidado la parte de su herencia y regrese a casa para convertirse en siervo y no morir de hambre. El padre hace una gran fiesta porque el amor, la alegría y la misericordia son la medida de su comportamiento. No es correspondido ni por el hijo menor, que se aleja de casa y gasta su fortuna de manera irresponsable, ni por el hijo mayor, que es incapaz de compartir la alegría paterna. No son los hijos quienes marcan la conducta del padre, como no son los demás los que tienen que marcar la nuestra. La referencia es el padre. Su compasión y su misericordia. Estas indicaciones de Jesús destruyen los criterios mercantilistas en nuestras relaciones: doy a quien me da y amo a quien me ama. La propuesta evangélica de Jesús va mucho más allá. No es fácil entenderla, porque nos cuesta sumergirnos en el inmenso corazón de Dios.