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A veces la enfermedad viene de golpe. En la mayoría de las ocasiones, poco a poco. Llega de manera casi imperceptible, pero gradualmente se adueña del pensamiento y de las emociones. El cuerpo reacciona sin saber interpretar, a menudo, el alcance de las molestias, que se transforman en dolor creciente y en sufrimiento. Diagnósticos médicos, no siempre fáciles, intentan desentrañar las causas que laten bajo los síntomas. Medicación para devolver la salud y analgesia para hacer más llevadera la situación. La enfermedad se resiste a los intentos de ser eliminada. Van cayendo las defensas una tras otra. La agenda experimenta muchos cambios. Los compromisos no siempre se pueden mantener. Los temas secundarios pierden interés. La mirada interior descubre dentro de sí mismo la propia vulnerabilidad. Un entorno de pandemia agudiza las sensaciones personales. La guadaña de la muerte no es una fantasía, sino una realidad que siega vidas en unas estadísticas sin clemencia. El sufrimiento insiste imperturbable con su presencia lacerante, de modo que no hay huida posible. Soportarlo hasta que pase y llegue un nuevo episodio, tan inesperado como temido. Salas de espera en urgencias. Pruebas médicas. Quedan pocos asideros para agarrarse a algo seguro porque todo es frágil. Familia y amigos siguen con interés tu evolución. Se agradece su apoyo, pero en el fondo se sabe que el sufrimiento en última instancia es personal e intransferible. Toma protagonismo lo esencial de la vida y la muerte no es una posibilidad olvidada. Dios no grita ni se impone. Solo susurra. No se trata de hacer, sino de dejarse llevar. Cedes el volante de tu existencia a otras manos, las suyas. Cuando el ruido deja paso al silencio, su voz empieza a ser perceptible. Se encuentra dentro y recuerdas una vez más que tu interioridad es habitada. Quizás entonces descubres que el sufrimiento te ha hecho deambular por las muchas moradas del Castillo que narra santa Teresa: «unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.» Quizás sabes que, aunque sea por un instante, has estado en la morada principal, de modo que sigues deseando la curación, siempre que su precio no sea el olvido de esta experiencia, que llena de sentido tu vida.