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LeBron James es un jugador extraordinario de la NBA. Mide 2,03 m y pesa 113 kg. Si lo comparo por azar con una de las personas que veo en el metro, que pongamos mida 1,57 m y pese 52 kg, la diferencia resulta evidente. Más todavía si pudiera ponerse una al lado del otro. LeBron James es famoso y conocido. La otra persona, desconocida y anónima. ¿Tienen algo en común? Sí. En primer lugar su dignidad. Los dos son igualmente dignos, cualidad inherente a la persona. No es más digno uno que otro. Este hecho es más sustancial que sus diferencias de altura, peso y reconocimiento social. Lo mismo sucede con las lenguas. El catalán y el castellano, como idiomas más hablados en Cataluña, tienen en esencia la misma dignidad. Ni más ni menos. Como el danés, el jemer, el inglés, el swahili, el ruso o el italiano. Todas poseen la misma dignidad. Por tanto, todas merecen el máximo respeto.

Desde la óptica del poder, existen importantes diferencias, que se sustentan en el número de hablantes, su expansión geográfica, su incidencia en el campo de la economía, su uso en los medios de comunicación… Tener detrás la fuerza de un Estado no aumenta la dignidad, sino el poderío. En algunos casos, la prepotencia y el afán colonizador. El catalán, tras la derrota militar de 1714, perdió poder, pero no su dignidad. El castellano, como cualquier lengua, tiene su dignidad y belleza. El uso prepotente e invasivo por parte de los poderes públicos españoles ha sido el problema. La dictadura franquista prohibió su utilización en la educación y en el espacio público. El advenimiento de la democracia permitió un primer respiro, pero nunca desaparecieron los tics de siempre, que actualmente se han acentuado. Más aún, ahora peor que antes. La dictadura no pretendió romper la unidad lingüística del catalán, que sí que se ha hecho en estos últimos decenios desde el ámbito político. Los partidos hegemónicos han evidenciado su falta profunda de respeto y su nula observancia del art. 3.3 de la Constitución, que tanto esgrimen como texto casi sagrado. Los conflictos, la persecución judicial, la fragmentación lingüística, el ataque frontal a la inmersión como medida debilitadora de la lengua y como ruptura de la sociedad... La lengua, un derecho fundamental conculcado.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia es totalmente explícito. Cataluña, como nación, tiene «un derecho fundamental a la existencia; a la propia lengua y cultura» (art. 159) y como minoría tiene «derecho a mantener su cultura, incluida la lengua» (art. 387). 

En un curso de formación de terapeutas, pregunté a los asistentes la relación entre lengua y terapia para tener en cuenta la sensibilidad del paciente. La respuesta de una mujer en castellano fue: «Yo soy partidaria de que solo hubiera una lengua…» Claro, la suya. Pero lo más grave es no entender la pluralidad, que encierra una dificultad de comunicación, a la vez que implica un reconocimiento y un respeto a la dignidad de las personas y los pueblos. ¡Hay tanto por hacer!