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Se respiran aires de confrontación (Mc 7,1-13). Fariseos y algunos maestros de la Ley observan que algunos discípulos de Jesús no observan ciertas tradiciones (lavado ritual de las manos antes de comer, baño a la vuelta del mercado, lavatorio de vasos y jarras…). Dirigen una pregunta acusatoria a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los ancianos y comen con las manos impuras?» Jesús, a partir de una cita del profeta Isaías, lesacusa de hipócritas, porque honran a Dios con los labios, pero mantienen alejado su corazón. La doctrina que enseñan se basa en preceptos humanos. Comportamientos mecánicos, repetitivos, ritualistas… sin fondo, sin entraña, sin conciencia.

Jesús realiza dos denuncias. Primera, que den prioridad a las tradiciones de los hombres por encima de los mandamientos de Dios. Una lectura profunda de este principio permite afirmar un hecho evidente: vivir a la luz del evangelio implica, en determinadas circunstancias, superar ritos, tradiciones y costumbres. Un ejemplo: la esclavitud es contraria a la Palabra de Dios, pero la tradición se mantenía vigente como una práctica asumida de forma acrítica. Aun hoy existe en algunos lugares. ¡Cuántas cosas son aceptadas por las tradiciones de los hombres y se oponen en realidad a los mandamientos de Dios! Por tanto, dañan también a uno mismo y a los demás.

Segunda, deshacerse de los mandamientos de Dios en nombre de la tradición. Un ejemplo: el afán de poder y de dominio sobre los demás pueblos impulsa, en algunos casos, las guerras de religión. Sin embargo, en este caso se quebrantan dos mandamientos divinos: no matarás y no tomarás el nombre de Dios en vano. Nunca se puede utilizar a Dios para justificar una guerra. Jesús pone el caso de quien sustrae sus bienes a los padres para entregarlos a Dios, olvidando de atender de este modo a su padre y a su madre. Y añade: «Cosas como éstas, hacéis muchas.»

El fariseísmo se apoya en la letra, la formalidad, la apariencia. Ignora el fondo, la esencia, el valor profundo de las cosas. De este modo se cae en la hipocresía y en la falsa superioridad moral sobre los demás. La práctica tradicional del ayuno no se resuelve con signos externos de compunción y con vestidos de saco, como algunos solían hacer. El Señor, a través del profeta Isaías, dice que el ayuno que le complace es «que rompas las cadenas injustas, desates las amarras del yugo, dejes libres a los oprimidos y destroces toda clase de yugos, compartas tu pan con el hambriento, acojas en tu casa a los pobres, vistas al vagabundo que no tiene ropa y no vuelvas la espalda a tu hermano. Entonces tu luz brillará como la aurora y tus heridas sanarán al instante» (58,6-8). Amor y solidaridad frente a formulismo vacío. Esencia frente a ego. Ser frente a apariencia. Mandamientos de Dios frente a tradiciones humanas. Sin hipocresías ni engaños.