Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz («Seven Last Words of Christ») ha sido la composición musical de Franz Joseph Haydn que interpretó el Cuarteto de Cuerda Classicambra de la Orquesta Sinfónica Julià Carbonell de les Terres de Lleida en el Aula Magna del Instituto de Estudios Ilerdenses el pasado 2 de marzo. El público, que llenaba la sala a rebosar, aplaudió a los músicos Vasil Lambrinov, Fernando Cleves, Albert Flores y Teresa Valls. Respetando la intención del autor, cada fragmento musical corresponde a una palabra, iba precedido por la lectura de un texto, que compuse y leí para la ocasión. Haydn, coetáneo de Mozart y como él también austríaco, dedicó los últimos años de su vida a la composición de música sacra, como el Oratorio de la Creación, de gran belleza.

El tema de las siete palabras de Cristo, dentro de la tradición cristiana, ha sido recurrente en la celebración de los períodos cuaresmales porque se sitúa en el marco de la pasión y muerte de Jesús y porque representa su testamento. La última palabra de una persona siempre tiene un sentido de síntesis y culminación de su vida.

Xavier Rubert de Ventós citó hace años en un artículo suyo esta parábola: «Explican de un monje tan santo y sabio que después de toda una vida de estudio y meditación nunca había dicho ninguna palabra. Todos los monjes del monasterio respetaban y reverenciaban su sabiduría, pero cuando cumplió 85 años y su salud declinó le pidieron que hablara por fin. “Explícanos en pocas palabras, antes de morir, todo lo que en estos años has aprendido y contemplado. No te vayas sin orientarnos un poco, sin una pista que nos ayude en nuestro estudio y nos oriente en la contemplación.” El anciano les respondió con una sonrisa pero siguió sin decir nada. A medida que su salud disminuía, los jóvenes monjes se iban impacientando cada vez más. Ya en su lecho de muerte, le gritaban, le zarandeaban para arrancarle ni que fuera una chispa de su tesoro espiritual. “No seas egoísta y cruel. No te lleves todo lo que has acumulado y que puede servirnos como luz y guía.” Sin embargo, el anciano permanecía en silencio, imperturbable, entre los monjes que comenzaban a baquetearlo. Fue sólo en el momento de exhalar el último suspiro cuando dijo una palabra, su única palabra: “Fuego.” Y el monasterio empezó a arder.»

En nuestra cultura, la palabra ha perdido la consistencia y la fuerza que realiza lo que dice. En Jesús, que habla con autoridad, la palabra es eficaz y un camino de revelación. Se trata de escucharle y, como María, meditar su contenido en nuestro corazón. Si los comentarios te ayudan, ¡adelante! En caso contrario, olvídate de ellos.

PRIMERA

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)

Una mujer está viendo la televisión. Otra vez se ven las imágenes del atentado terrorista. Su corazón sangra de dolor. Le recuerda la muerte de su hijo, víctima inocente de una explosión indiscriminada. Piensa en los verdugos. Primero, se indigna. Después, con el alma rota, exclama: «No sabéis qué habéis hecho.» Y... quiere perdonar. Ante la injusticia, se clama venganza. De este modo, la espiral sube hasta límites incontrolables.

Jesús rompe esta dinámica perversa mediante la petición de perdón para sus verdugos, a quien atribuye más ignorancia que maldad. Como Jesús anuncia el evangelio con coraje, los poderes quieren eliminarlo porque les resulta incómoda la voz de los profetas. La vieja historia de matar al mensajero para dejar de escuchar el mensaje. Sin embargo, justamente su muerte es el mejor mensaje. Una muerte injusta que no le impide amar hasta el final. Una muerte injusta que no le impide pedir al Padre perdón y misericordia a favor de las personas que le infligen sufrimientos y dolores extremos. Éste es el primer camino hacia la reconciliación y la paz.

SEGUNDA

Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43)

Un hospital de comarcas. Sala de enfermos terminales. La chica joven, demacrada por los estragos del sida, está a punto de morir. El enfermero le coge la mano y adentra su mirada en los ojos pavorosos y tiernos de la enferma. La chica, con una voz casi imperceptible, le dice: «Gracias. Te espero en el paraíso.» El chico le sonríe con lágrimas en el corazón.

Jesús, sentenciado en medio de dos ladrones. Dimas, el llamado bueno, y otro, desconocido, que es el malo. Sin embargo, éste no es el punto de vista de Jesús. Dimas es el símbolo de la pobreza y el otro es el símbolo de la marginación que lucha, despotrica, insulta.

Jesús no le rechaza sino que indica que el camino de sanación implica reconocer las propias culpas y abrirse al bien. Éste es el camino del paraíso que ha iniciado Dimas. El ladrón marginado también podrá recorrerlo. Jesús no le cierra la puerta sino que le indica la senda. No hay juicio. Los dos ladrones tampoco son inocentes, pero no son más culpables que los que le han condenado o han pedido su ejecución. Ambos son los compañeros de Jesús en la cruz.

TERCERA

Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Ahí tienes a tu madre (Jn 19,26-27)

En un pueblo perdido de la Siberia. La pareja se encuentra en la sala de espera del orfanato. Vienen de lejos. Han hecho un fuerte gasto. Su hogar estallará en gritos infantiles de juegos y alegría. Ahora sólo resuenan voces adultas. Se han decidido por la adopción. Los trámites han sido largos y pesados. Llega la educadora con un niño de dos años. Les dice: «Aquí tenéis a vuestro hijo.» Dice al hijo: «Aquí tienes a tus padres.»

Jesús acepta la realidad biológica y emocional del vínculo de los hijos con sus padres. Vínculo que vive con alegría y que recuerda un lazo aún más profundo, el vínculo con Dios, que crea una nueva relación entre las personas. María sigue el mismo criterio. Vive y ama como mujer y como madre, pero sabe que el entendimiento y cumplimiento de la palabra de Dios crean aún vínculos más fuertes. Ambos están unidos por la sangre y están unidos por la fe. María no teme ver morir a su hijo aunque una espada le atraviese el alma. Se encuentra al pie de la cruz, de pie, a su lado. Jesús quiere que María prosiga su maternidad con los hijos de nueva comunidad cristiana. Juan, el discípulo amado, recibe el regalo de una nueva relación. A través de él, nos llega a todos nosotros.

CUARTA

Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní?, (que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) (Mc 15,34)

La foto está como siempre sobre la mesa del escritorio. El rostro de una persona joven, vital y lista. Es un recuerdo del viaje que hicieron hace muchos años. La mujer, ahora viuda, lucha contra una soledad agobiante. La muerte de su marido le ha entregado a la ausencia. De vez en cuando, cuando el corazón se oscurece, exclama: «¿Por qué me has abandonado?»

El abismo del dolor y de la falta de sentido crea el vértigo de la soledad radical. Hay situaciones en la vida en la que los interrogantes se amontonan y parece que no tienen respuesta. Una persona quiere profundizar en el corazón de Dios y la oscuridad le rodea. Los porqués se pueden formular pero están condenados a no obtener ningún resultado satisfactorio. Jesús experimenta la noche oscura del alma, como si hubiera perdido la conexión con Dios. Es ésta la palabra más dramática pronunciada por Jesús. Puede escandalizar a quien la escucha, pero si él pasa por estas dificultades, todo creyente sabe qué le espera. Sólo quien pierde a Dios puede recuperar a Dios. Sólo quien se siente solo, puede vivir acompañado. Este abandono es la puerta que nos abre al misterio del Amor de Dios.

QUINTA

Tengo sed (Jn 19,28)

Etiopía. La tierra está llena de grietas. Hace tanto tiempo que no llueve... Las cabañas del poblado resisten como pueden el calor de un sol despiadado. Unos niños, a la sombra, no tienen ni ánimo para jugar. Una niña ve a su madre, se levanta como puede y camina hacia ella. Cae. La mujer recoge a su hija, con dolor y ternura, pero la voz infantil le rompe el corazón cuando le dice: «Mamá, tengo sed.»

La crucifixión provoca una sed terrible. Los estudios así lo demuestran. Jesús no representa una obra de teatro, sino que vive en su carne el dolor inconmensurable de una muerte injusta. Llega al límite del dolor y de la resistencia, pero sabe expresar sus necesidades. Como hizo una vez con la mujer samaritana, a quien le dijo: «Dame agua.» Él, la fuente del agua viva, manifiesta sed. Vive la humildad de reconocerse débil, de permitir que le ayuden. El cristianismo constituye una invitación a valorar las realidades del cuerpo. Jesús, encarnado, se hace en todo igual a nosotros, menos en el pecado. La sed también es un símbolo de amor a la vida, de conexión con la tierra, de sencillez humana. La grandeza de Dios se descubre en los pequeños detalles de la existencia.

SEXTA

Todo está cumplido (Jn 19,30)

Aeropuerto de un país latinoamericano. Un chico joven sube la escalera del avión que le retornará a su país y a su familia. Ha pasado tres años como cooperante. La despedida fue emotiva. Ha dedicado los tres mejores años de su vida a iniciar un proyecto social en medio de los más pobres. Les lleva en el corazón. Cuánto les ama. Vuelve la cabeza en una última mirada y dice: «Todo está cumplido.»

No importa que la vida sea corta, sino que sea plena. No importa construir mil proyectos sino realizar el sueño de Dios en la propia vida. No importa correr y avanzar rápido sino acertar el blanco. No importa hacer muchas cosas sino realizar las cosas más significativas. El balance final no podía ser mejor. «Todo está cumplido.» No se trata de mucho o poco, sino de todo. Jesús manifiesta una dedicación absoluta. Los planes de Dios, mientras Él ha estado en el mundo, han guiado su vida y su conducta. Por eso, cada paso suyo ha sido una invitación al Reino de Dios, a curar enfermos, a sanar corazones heridos... Una vida vivida desde el amor tiene garantizada su plenitud. Ahora, ya podrá morir en paz. Sólo le quedará la última palabra.

SÉPTIMA

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46)

Su biografía parece una novela. Siempre ha sido un buscador. Errores, muchos. Olvidó a Dios durante muchos años. Se alejó de la fe de sus padres. Las crisis existenciales le han hecho sufrir mucho. Poco a poco, ha encontrado la luz. Ahora, con su familia junto a su cama, reza sin pesar: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.»

En poco tiempo, Jesús ha pasado por todo: perdón, solidaridad con los pobres, amor filial, soledad abismal, sed inalcanzable y convicción de un balance completo. Le queda el último paso. Dios ya es Padre. La soledad ya es confianza. La muerte aún es aliento. Las manos son acogida. La ascética no tiene nada que decir. Sólo hay espacio para la mística. No es hacer, sino dejarse hacer. No es conquistar sino dejarse poseer. No es palabra sino silencio. No es poder sino confianza. No es muerte sino vida. Los porqués quedan atrás. Sólo hay horizonte para el misterio. Dios creó el mundo en siete días. Jesús nos abre un mundo nuevo en siete palabras que, desde el Viernes Santo de 1787, han estado acompañadas por la música de Haydn y diferentes comentaristas. Música y palabra para profundizar en el misterio que nos lleva a la dimensión del Espíritu. Escucha y confía.