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La independencia acapara en Cataluña la máxima atención, pero de manera subterránea existe otro dinamismo de gran importancia que pasa a menudo inadvertido y que, además, influye con fuerza en los planteamientos soberanistas. Se trata de la hegemonía, que consiste en buscar a toda costa la supremacía en Cataluña, sea independiente o autonómica. En síntesis, voy a destacar tres puntos.

Primero, la lucha descarnada por la hegemonía. Para conseguirla, el objetivo inicial persigue reducir a la insignificancia a los dos partidos o coaliciones que la han ejercido hasta ahora, errores propios al margen: CIU y PSC. Los ataques, especialmente en la coalición que más años ha gobernado la Generalitat, se han producido por todos los flancos. Incluso, a causa de su última apuesta independentista, se ha utilizado munición de gran calibre: informes falsos, fondos reservados del estado, difamaciones… Todo vale para provocar un cambio de hegemonía. El PSC se ha visto especialmente afectado por las nuevas mareas de los indignados, que se han articulado en partidos de nueva creación. Algunas izquierdas minoritarias han considerado que la independencia correspondía a un objetivo propio de su orientación ideológica. Craso error. Muestra de una superioridad moral no justificada. Se necesita de todos y no hay que prescindir de nadie.

Segundo, el cambio de modelo social. La búsqueda de la hegemonía desea el poder político no solo para ejercerlo sino para ponerlo al servicio de un nuevo modelo social. Este nuevo modelo se va dibujando poco a poco, pero aparecen las líneas maestras del mismo. Entre otras, omnipresencia de lo público, reducción a mínimos de la iniciativa privada, ruptura de concertaciones entre público y privado que han dado excelentes frutos… Este nuevo modelo se sustenta, en el campo cultural, en la visión gramsciana del comunismo. La economía es clave para la transformación, pero la cultura puede ser más eficaz y determinante. El modelo integrador debe ceder su puesto al modelo sectario, de nueva implantación. Algunas ILP, diversas propuestas van en este sentido. Este modelo busca escasamente la independencia. Prefiere concentrar sus energías en la obtención del poder, objetivo más fácil de conseguir que la creación de un nuevo estado.

Tercero, el arrinconamiento de la Iglesia. Si las presencias eclesiales se concentran en la sacristía y en sus celebracions litúrgicas, no existe problema alguno. Pero si pretenden influir en la sociedad, no hay que permitírselo. Serían una amenaza a la hegemonía política y cultural que se pretende. Hospitales, centros educativos y obras sociales están en el punto de mira. Las narrativas culturales que imperan en la actualidad deben dirigirse a dinamitar el mensaje que proclama la Iglesia. Se busca su desprestigio, con razón o sin ella. Incluso se puede utilizar la multirreligiosidad como un elemento de reducción a la insignificancia. La independencia en sí misma no amenaza a la Iglesia, porque siempre se ha sabido situar en geografías cambiantes. La nueva hegemonía busca que la Iglesia desaparezca de la esfera pública.