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Un viernes de octubre por la mañana. Dos señoras acaban de llegar a Barcelona. De los andenes del tren, suben a la superficie de la plaza de España. Ante sus ojos aparecen las torres venecianas, el monumento escultórico diseñado por el arquitecto Josep Maria Jujol y el edificio cilíndrico de las Arenas. Van a buscar el autobús para desplazarse al centro de la ciudad. En el breve trayecto para llegar a la parada, una de las dos pisa un fleje tirado por el suelo. El fleje es una tira de plástico resistente cerrada sobre sí misma para asegurar paquetes y balas de ciertas mercancías. Al pisar una parte del fleje, este se levanta y se convierte en un lazo que hace tropezar al otro pie y la persona cae al suelo, sin defensa posible. La señora, ochenta años cumplidos, experimenta un gran dolor. Algo se le ha roto. La historia se sucede de manera inexorable: acumulación de personas, llamada a la ambulancia, urgencias del Hospital Clínico, dolor, mucho dolor, fractura del fémur, traslado a un hospital comarcal, operación al día siguiente con inserción de un clavo… La jornada se presentaba esperanzadora, pero se trunca por un fleje cualquiera, tirado de manera irresponsable por alguien anónimo que no supo o no quiso depositarlo en la papelera. Este descuido provoca que esta persona deberá hacer un largo y dificultoso recorrido para culminar su recuperación. Una famillia que ha visto trastornado su ritmo cotidiano. Un descuido. Basta un descuido. Una irresponsabilidad. Basta una irresponsabilidad para que otras personas sufran onerosas consecuencias en su vida. No es el primer caso. Probablemente, tampoco por desgracia será el último.

La vida está hecha de pequeños detalles. La convivencia se enriquece cuando se cuidan las prácticas que parecen insignificantes. Civismo suele llamarse. Pero hay más. Se trata de tener la capacidad de no encerrarse en el propio ego, en la prisión de los propios caprichos, como si no hubiera nadie más en el mundo. Pensar en el otro, respetarlo, amarlo. Las otras personas son importantes por ellas mismas. Tienen su dignidad. Cuando las trato adecuadamente, vivo mi dignidad. Cuando ni las considero ni me preocupo de ellas, cuando las utilizo para mis intereses o cuando no las tengo en cuenta… soy yo quien me degrado. Sonreír a los demás, ser amable con ellos, ceder el asiento con delicadeza en el autobús o en el metro, respetar por la noche el descanso de los vecinos sin vociferar agarrado a una cerveza, depositar las colillas en los ceniceros, atender a una persona anciana, responder con amabilidad a un turista que pregunta, saber mirar más allá de la pantalla del móvil para darme cuenta de mi entorno humano, evitar que un colectivo tenga que ser oyente obligado de mis llamadas telefónicas en voz alta, decir hola, decir adiós, buenos días y buenas tardes… Sin caer en cursilerías, pero sin quedarse encerrado en la burbuja narcisista de pensar que solo existo yo.

Para construir el mundo, hacen falta muchas cosas. Pero destruirlo, basta un fleje.