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Un sábado por la tarde, invitado a animar una sesión formativa para jóvenes adultos, propuse un ejercicio práctico. Dos voluntarios salieron al centro del grupo. El suelo estaba embaldosado en cuadrados. Indiqué que los dos se distribuyeran 18 baldosas. Tras unos momentos de incertidumbre, cada uno de ellos se adueñó del espacio correspondiente a nueve baldosas. Distribución justa y equilibrada. Cada uno tenía su espacio propio, en el que gozaba de total libertad, y sabía que las otras nueve baldosas no eran su territorio, sino el de su compañero. Todo el grupo pareció validar el resultado. ¿Había una alternativa mejor a esta solución?

Comenté que las decisiones tomadas reflejaban una mentalidad individualista, un trasfondo neoliberal-capitalista a ultranza. Mi libertad termina donde empieza la libertad de los demás. Compartimentos estancos. Reinos de taifas. Había, al menos, otra posibilidad: compartir los espacios. Tú puedes entrar en mis baldosas y yo en las tuyas. En vez de tener nueve cuadrados, cada uno dispondría de 18. Para ello, haría falta concordia, acuerdo, respeto, tolerancia… La libertad engrandecía así sus fronteras gracias a una actitud de entendimiento y apertura. Los límites se diluyen y la circulación se agiliza. En esto consiste, al menos a nivel interno, uno de los grandes logros de Unión Europea. No se trata de invadir al compañero, sino de compartir con él los espacios. Sin colonizarlos. Sin querer adueñarse en una lucha de poder. Los mismos criterios sirven para los espacios públicos, que compartimos de manera desigual. Hay quien ocupa un espacio mayor porque tiene aparcado el coche. El peatón reduce la ocupación a su cuerpo. Unos visten con unos colores. Otros, con otros. Cuando falla la concordia, cualquier conducta puede resultar agresiva. El ambiente se torna rígido y surge la polémica por cualquier menudencia. Defender como valor máximo la neutralidad es una trampa. Las personas no somos neutrales. La tentación es neutralizar el espacio. Sucumbir a ella resulta nefasto.