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En las guerras o en las escaramuzas militares, se lanzan bombas sobre objetivos estratégicos. Ocurre que no siempre se acierta o que el destrozo llega mucho más allá de la diana prevista. Las noticias, en este caso, afirman que se han producido víctimas entre la población civil (niños, familias, ancianos…). Los responsables acaso lamenten sin convicción las muertes producidas, pero las consideran «daños colaterales». Es decir, un precio inevitable para conseguir sus fines.

El uso mediático que se ha hecho de los presuntos casos de abusos sexuales, especialmente en un centro educativo, apuntaba quizás a un objetivo estratégico, pero los daños colaterales han sido evidentes. Informar a la sociedad sobre abusos infantiles, siempre que la verdad sea lo primero que se busca y siempre que no se genere una justicia paralela, es tarea noble y encomiable. Pero hay que hacerlo con inteligencia y medida para no producir nuevas víctimas. La educación requiere confianza. Destruirla no es mejorar la situación. Una madre escribe en una carta a los lectores de La Vanguardia: «Hace unos días empezó nuestro calvario, el de unos padres que llevan a su hija al colegio Maristes Sants-Les Corts. Los primeros años de escuela nuestra hija era absolutamente feliz, y nosotros estábamos inmensamente contentos de verla crecer, aprender y desarrollarse tal y como lo hacía, y en esto tenía mucho que ver todo su entorno escolar. Sin embargo, todo cambió, nos vimos absorbidos por una espiral de noticias que no nos podíamos creer y tuvimos que tragar algo muy amargo, la mañana siguiente de cada noticia, cuando dejábamos a nuestra hija en la escuela.» Su propuesta final es clara: «Lo que necesitamos es la ayuda de todo el mundo para que hechos como estos no vuelvan a producirse, y que se tomen todas las medidas necesarias. Sin embargo, no nos gustaría tener que pagar por lo que otros han hecho mal, muy mal.» Otra madre, periodista, escribe otra carta en el mismo rotativo: «Ir a la puerta de la escuela cada día durante una semana a acosar a padres, alumnos y profesores es más propio de los paparazzi.» Pese a todo, concluye: «He podido comprobar que Maristes va más allá de enseñar conocimientos, promueve valores. Cuando nos tocó elegir colegio para nuestros hijos no tuvimos duda, y seguimos sin tenerla.» El objetivo se concreta en sanar a las víctimas, pero el tsunami mediático, tal como se ha llevado, ha dañado a muchos menores de edad y a sus padres. Sin olvidar a las profesoras y profesores que año tras año dan lo mejor de sí para la educación de los niños y jóvenes.

Crear conciencia y empoderar a los alumnos es un objetivo claro. Sin miedos ni recelos. Tal y como sucedió en el colegio de infantil y primaria cuando los alumnos, padres, profesores e institución, de manera coordinada resolvieron de manera efectiva y participativa el conflicto de un monitor en prácticas. ¿Cómo es posible que la solución modélica a este problema haya sido presentada de forma negativa y distorsionada? Crear nuevas víctimas no sana a las existentes.