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La desobediencia se convierte en reclamo, desde algunos ámbitos políticos y sociales catalanes, para enfrentarse a los poderes del Estado. Una punta de lanza contra el sistema, que adquiere los perfiles de objetivo a perseguir. Cabe preguntarse si se trata de un método fundamentado y eficaz. El desobediente pone la confrontación por delante de la causa, que se desdibuja paulatinamente. Esgrimir la desobediencia como motivación clave de una conducta debilita la razón y el diálogo. Su etimología apunta a obstaculizar la escucha. Mal planteamiento para la convivencia. En el fondo, la desobediencia como objetivo queda aprisionada en el mismo nivel que combate. Se opone a la ley, pero no la trasciende. Opta por la violencia. Un comportamiento más adolescente (falta algo) que adulto. 

Dos textos neotestamentarios me permiten esclarecer lo que quiero indicar. 

Primero. Los discípulos de Jesús pasan por unos sembrados, cogen espigas, sacan el grano y se lo comen. Los fariseos recriminan a Jesús esta conducta, porque no estaba permitida en sábado. Jesús apoya a sus discípulos, pero ¿está contra el sábado? No. Su respuesta es clara: «El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). No exalta la desobediencia de la norma, sino que apunta a una obediencia superior. El bien de las personas está por encima de la ley del sábado, que tenía validez religiosa y civil. Solo jerarquiza su valor, que no es un absoluto. Su mensaje es nítidamente propositivo. Para los fariseos, su respuesta es intolerable. Ir contra el sábado sin más destruiría su credibilidad, ya que la opción de Jesús es de mayor calado.

Segundo. Pedro y los apóstoles padecen persecución en Jerusalén. El gran sacerdote los interroga en medio del Sanedrín. La acusación es directa: «Os prohibimos severamente enseñar en nombre de Jesús, pero vosotros habéis llenado Jerusalén de vuestra doctrina y queréis que se gire contra nosotros la sangre de este hombre.» Tensión de alto voltaje. Desobedecer al Sanedrín no es su objetivo tal como se desprende de su respuesta: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). En la vida hay jerarquía de valores. El criterio de Pedro y de los apóstoles es revolucionario en dos sentidos: representa una amenaza contra los poderes absolutos y da prioridad a la conciencia personal. Tiene su riesgo, recogido en el segundo mandamiento que ordena no tomar el nombre de Dios en vano. Por ello, es indispensable realizar un buen discernimiento y afrontar las consecuencias de sus decisiones sin violencia. De ahí, que tantos miles de mártires han vivido este principio, en regímenes de todo tipo, hasta entregar su vida. La obediencia va mucho más allá de la sumisión, realidades que no siempre coinciden. Cuando existe conflicto entre dos obediencias, una tiene prioridad sobre la otra. Discernir implica, tras escuchar la voluntad de Dios en la voz de la conciencia, escoger la mejor parte.