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El ayuno y la abstinencia, como prácticas cuaresmales, han sido ridiculizados a menudo en los tiempos actuales. El ayuno se reduce a dos días al año: miércoles de ceniza y viernes santo. La abstinencia se infravalora porque dejar de comer carne abre la posibilidad de abonarse a un buen marisco, como algunos afirman con ironía. La crítica se centra en los medios, pero en el fondo el ataque se dirige al fin: la dimensión espiritual de la persona en el calendario litúrgico cristiano. La cuaresma invita a la conversión. En realidad, las prácticas cuaresmales, además del ayuno-abstinencia, comprenden la oración y la limosna, que normalmente quedan silenciadas. Una comprensión más profunda de cada una de estas prácticas nos ofrece unas grandes posibilidades de trabajo espiritual

De manera insólita, estamos viviendo una cuaresma laica. Las propuestas se convierten en obligaciones con el tema del coronavirus COVID-19. El ayuno y la abstinencia están adquiriendo dimensiones gigantescas: bares, cines, teatros, espectáculos deportivos, tiendas, museos, viajes, etc. Todo clausurado. ¿Por qué la gente acepta estas medidas tan drásticas, que se han aplicado un poco tardíamente? ¿Por qué hay gente que incluso cree a pie juntillas prácticas, sin ningún fundamento, que publican las redes sociales? Porque el fin es lo importante: la salud corporal. Por encima de la economía y de todo los demás. Ni siquiera en este caso hay gente capaz de entender que el esfuerzo debe ser doble: actuar de manera que no me contamine y, a la vez, evitar contaminar a otros.

En la cuaresma cristiana criticamos los medios porque hemos perdido interés en el fin. En la cuaresma laica, nos apuntamos a todos los medios porque la salud corporal es prácticamente un absoluto. Tanto la dimensión espiritual como la corporal merecen su atención, ya que las personas somos una unidad. Esta doble moral frente a las prácticas muestra que somos seres divididos, que preferimos hipotecar nuestra dimensión espiritual. Un motivo para la reflexión.