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Centinelas frente a mujeres (Mt 28,1-15). La tierra trepida y se corre la losa sepulcral. Los centinelas tiemblan de miedo y se quedan como muertos. Las mujeres, en cambio, escuchan el mensaje del ángel, del mensajero. Les quita el miedo (no tengáis miedo) y las pone en movimiento (ir aprisa). Todo lo contrario de lo que le ocurre a los centinelas. Pero el ángel va más lejos: las considera buscadoras del Jesús (el crucificado), les invita a realizar al experiencia del vacío (el sitio donde yacía) y les da un mensaje para los discípulos: comunicar la resurrección y convocarlos a una reunión presencial en Galilea. Ellas mezclan el miedo con una alegría desbordante. No especulan ni entran en disquisiciones teológicas. Van a toda prisa, corren. No puede silenciar su experiencia personal.

Solo quien se pone en movimiento encuentra lo que busca. Jesús se les cruza por el camino. Les invita a la alegría (¡alegraos!), a disolver el miedo (no tengáis miedo) y al anuncio (id a avisar a mis hermanos). Su reacción: la cercanía (se acercaron), la adoración (se postraron) y el contacto físico (le abrazan los pies). Tienen ahora la convicción de los testigos.

Los centinelas acuden a la autoridad de los sumos sacerdotes. Éstos, con los senadores, maquinan una estrategia para desmentir lo sucedido. No hay apertura, ni búsqueda, ni amor a la verdad. Solo obcecación. Sobornan a los soldados con “una suma considerable”. Tendrán que acusar a los discípulos de haberles robado el cuerpo. Si la reacción del gobernardor es agresiva, hecho normal frente a una presunta incapacidad de los soldados de cumplir su misión, ellos lo calmarán para que los centinelas no tengan ningún problema. Los soldados se atienen a lo pactado. Reescriben la historia y falsean los datos. Envenenan la opinión pública con un relato que no se ajusta a la verdad. Nada nuevo bajo el sol. El evangelista, cuyo texto es elaborado casi 50 años después, concluye el fragmento así: “Por eso corre esta versión entre los judíos hasta el día de hoy”.

Frente a testigos, como las mujeres, los dirigentes manipulan los hechos para controlar la opinión pública. Si hay que mentir, se miente. Si hay que pagar una suma considerable de dinero, se paga. Si la gente descubriera la verdad, ellos quedarían en evidencia. Soborno y falta de transparencia. Cuentan con la connivencia de los soldados, que sacan ventajas de la mentira: recibir dinero para satisfacer su codicia y quitarse la responsabilidad de encima culpando a los discípulos.

Mientras, las mujeres cumplen su misión con el corazón henchido de alegría. Han visto y han tocado a Jesús. Ya no tienen miedo de hacer el ridículo o de que nadie las crea. Un testigo sabe de lo que habla porque lo vive. María Magdalena y la otra María se mueven por convicciones. Los centinelas, por dinero y por intereses inconfesables. La diferencia está clara.