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Por Lluís Serra Llansana . Jue, 25/08/2022 - 08:07
En Gerasa

El artículo 9 de la Constitución del Japón, aprobada el 3 de mayo de 1947, afirma algo revolucionario e inusual: «Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales. Con el objeto de llevar a cabo el deseo expresado en el párrafo precedente, no se mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco otro potencial bélico. El derecho de beligerancia del estado no será reconocido.» El redactado es muy explícito. No obstante, en la práctica, su observación es más flexible. Existen las Fuerzas de Autodefensa de Japón, una fórmula débil para denominar un ejército o una manera fuerte de constituir una policía.

El 8 de julio pasado, el magnicidio perpetrado en tierras niponas conmocionó a una sociedad donde las muertes violentas por disparos son verdaderamente escasas. Dos tiros pusieron fin a la vida de Shinzo Abe, ex primer ministro de 67 años, durante un mitin en la ciudad de Nara (Japón). El jefe de Gobierno que había estado más en el cargo desde postguerra. Un hecho de este tipo, realmente esporádico, sacudió los cimientos del artículo 9 de la Constitución, que más de una vez ha sido puesto entre interrogantes. La guerra de Rusia contra Ucrania ha disparado al alza en muchos países los presupuestos de defensa en detrimento de la sanidad, educación y temas sociales. La OTAN, que navegaba entre incertidumbres, ha encontrado un motivo para recuperar su protagonismo perdido.

El problema de fondo reside en que la justicia y el orden, la negociación y la diplomacia, no resultan ser los instrumentos más utilizados para resolver los conflictos, sino la fuerza y la violencia, la represión y la guerra. Se ve a nivel internacional. Se observa en la política doméstica, que imposibilita incluso una verdadera mesa de diálogo convirtiéndola en artilugio teatral. El precio de la violencia se cobra siempre en vida humanas y en niveles altos de pobreza y marginación. En contrapartida, algunos poderes alcanzan escandalosos beneficios económicos y magnifican su influencia.

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