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Creer en la Asunción de María como dogma de fe no basta. Hay que encontrarle el sentido que tiene para nuestra vida. Cuando el papa Pío XII proclamó el 1 de noviembre de 1950 que María fue asunta en cuerpo y alma al cielo, ¿qué significa? ¿Qué sentido tiene para los hombres y mujeres de hoy?

Hacía muy poco que había finalizado la Segunda Guerra Mundial. Millones de cadáveres en las trincheras y en los campos de batalla, en los campos de concentración, en las cámaras de gas… Cuerpos destrozados. Cuerpos heridos. La proclamación del dogma tenía un sentido profético y era un anunció explícito sobre la dignidad humana. La antropología cristiana defiende la unidad cuerpo-alma como proyecto y como realidad. Dimensiones integradas. La muerte implicaría una separación circunstancial y la resurrección la recuperación definitiva de la unidad originaria.

A lo largo de la historia, se ha dado más crédito a las teorías neoplatónicas que al mensaje evangélico. Una mirada negativa sobre el cuerpo, sobre la dimensión material de la persona, ¡cuánto mal ha hecho a la Iglesia y a los mismos cristianos! Menos Platón y más Jesús, que se encarnó con todas las consecuencias. Ciertas corrientes orientalistas, que han penetrado mucho en nuestros ambientes, promueven la reencarnación. Por tanto, reducen la persona a un alma, que va transmigrando de un cuerpo a otro. Incluso, ciertas visiones transhumanistas apuntan en esta dirección, intentando reducir a la persona a un contenido informático que se puede aplicar a distintos artilugios. La persona humana es la integración plena de cuerpo y alma. Denigrar el cuerpo o encumbrarlo como máximo valor favorece la pérdida de la integración. En nuestra sociedad convive la exaltación corporal con un trato vejatorio inhumano: violaciones, tráfico de personas, tráfico de órganos, esclavitud sexual y laboral, guerras, bombardeos, hambre… Creer en la Asunción de María implica luchar por el bien de las personas y por eliminación de estas lacras sociales que azotan a la humanidad.