El escritor Gabriel Magalhães aporta periódicamente la mirada portuguesa en las páginas de opinión del rotativo La Vanguardia. A finales del pasado mes de mayo publicó un artículo titulado La ley de Proust. Este excelente profesor de literatura extrae el título de una intuición presente en el primer volumen de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Un adolescente enamorado imagina las deliciosas cartas que recibirá de una joven y que, en realidad, nunca llegará a escribirle. A partir de esta escena, Magalhães formula la llamada ley de Proust, según la cual «todo lo que imaginamos no pasará, al menos de la manera que lo habíamos pensado».
Si nos dejamos arrastrar por nuestras previsiones, la imaginación puede hacernos oscilar fácilmente entre la ansiedad y la vanagloria. Surgen expectativas que no se cumplen y generan frustración; temores que se deshacen como azucarillos en una taza de café después de interminables momentos de angustia. Según esta ley, podrán suceder muchas cosas buenas y muchas malas, pero difícilmente coincidirán con aquellas que alimentaban nuestros miedos o nuestras fantasías de grandeza.
La mente humana gestiona el tiempo con un ritmo vertiginoso. Anticipa catástrofes o construye escenarios ideales donde todo parece posible. Basta revisar la propia vida para comprobar cuántas veces imaginamos lo peor y nunca ocurrió. La realidad suele sorprendernos mucho más de lo que nuestra imaginación es capaz de prever. Sin embargo, cuanto más detallados son los escenarios que fabricamos, mayor suele ser la angustia que provocan. Al final descubrimos que hemos sufrido inútilmente por acontecimientos que jamás llegaron a producirse. Y cuando la imaginación dibuja un mundo perfecto donde todos los deseos se cumplen por arte de magia, la frustración puede ser igualmente desproporcionada cuando la realidad rompe el espejismo.
Magalhães extrae de la literatura de Proust una intuición verdaderamente fecunda. En su artículo no se limita al ámbito personal, sino que la proyecta también sobre la vida colectiva. Una espera abierta a la realidad, tal como vaya presentándose, permite acogerla con mayor serenidad. Dejamos de malgastar energías intentando que los hechos coincidan con nuestras previsiones y aprendemos a responder con mayor libertad a las sorpresas que la vida nos reserva.
Esta referencia al artículo de Magalhães no pretende ser únicamente un ejercicio literario, sino una invitación a vivir con serenidad, armonía y sosiego. Sin la obsesión de querer controlarlo todo. Sin quedar prisioneros del miedo que atenaza. Abiertos a recibir lo que llega cuando llega y como llega, colaborando para transformar cada acontecimiento en una ocasión de crecimiento y de entrega a los demás. Conviene desconfiar de una imaginación que alimenta más el desconcierto que la esperanza. La vida no consiste tanto en perseguir el futuro que imaginamos cuanto en acoger el presente que sale a nuestro encuentro. Con frecuencia sufrimos por un mañana que nunca existirá, mientras dejamos escapar el único instante real: el hoy que Dios pone silenciosamente en nuestras manos.