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El próximo 8 de diciembre se iniciará el Año de la Misericordia, convocado por el papa Francisco, con motivo de la celebración de los 50 años de la conclusión del Concilio Vaticano II. La Puerta Santa de cada una de las cuatro basílicas mayores de Roma se convierte en un símbolo de acceso a una realidad de gracia, de impulso espiritual y de itinerario colectivo. En esta ocasión y por vez primera, este rito se va a descentralizar, ya que tendrá lugar un hecho similar en las catedrales de todo el mundo el tercer domingo de Adviento, además de santuarios y lugares de significación especial. El papa Francisco, en la audiencia general del 18 de noviembre, reflexionó sobre la puerta. Hizo una alusión clara a la gran puerta de la Misericordia de Dios: «La puerta está generosamente abierta, pero es necesario un poco de coraje por nuestra parte para cruzar el umbral. Cada uno de nosotros tiene dentro de sí cosas que pesan. ¡Todos somos pecadores! Aprovechemos este momento que viene y crucemos el umbral de esta misericordia de Dios que nunca se cansa de perdonar, ¡nunca se cansa de esperarnos! Nos mira, está siempre a nuestro lado. ¡Ánimo! Entremos por esta puerta.»

La invitación consiste en dejar entrar al Señor y también dejarlo salir cuando es «prisionero de nuestras estructuras, nuestro egoísmo y muchas cosas más». El reto: «¡Nada de puertas blindadas en la Iglesia, nada! ¡Todo abierto!» Jesús es la puerta que nos abre a la misericordia de Dios.

El visitante de la ciudad de Barcelona que quiere seguir la obra arquitectónica de Gaudí incluye en su itinerario monumentos tales como la Sagrada Familia, el Park Güell o la Pedrera. No obstante, corre el riesgo de ignorar un edificio profundamente sugestivo e interesante: el colegio de las teresianas de Ganduxer, que Enrique de Ossó le encargó para construir la casa madre de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. La construcción en forma de paralelepípedo constituye un homenaje al Castillo Interior o las Moradas de la santa andariega. Es famosa la galería de los arcos parabólicos, pero me voy a detener solo en un detalle: la puerta de entrada, que, forjada por él mismo, no tiene cerradura. No hay manera de introducir una llave. Se pudiera pensar que, como todo buen artista, podría haber cometido un despiste, pero su intencionalidad fue profundamente simbólica. No se puede trabajar en la vida espiritual, no existe trabajo interior posible, sin la decisión personal de abrir la puerta. Nadie puede forzarte desde fuera. Tú decides si quieres abrir la puerta al que te llama. Además, constituye un reclamo a vivir de manera permanente la propia interioridad. Si uno se va de sí mismo, cuando quiera regresar, acaso no encuentre la forma de abrir la puerta y de entrar de nuevo en su castillo interior. Tal como dice el Papa: «El Señor no fuerza jamás la puerta: Él también pide permiso para entrar.» De nosotros depende abrirnos a la misericordia de Dios, que nunca falla.