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Este artículo, que escribo el día de reflexión, saldrá publicado el 10 de julio. Me invade un sentimiento de indignación y de tristeza, motivado por el contenido de las conversaciones entre el ministro del Interior y el director de la Oficina Antifraude. Resuenan en mi interior frases como: «Les hemos destrozado el sistema sanitario», «No tengo ninguna, ninguna prueba, ninguna, ninguna, pero no me extrañaría encontrarme con que el propio alcalde [Xavier Trias] haya tocado el dinero»… Poner vidas humanas en peligro es un precio a pagar sin problema para conseguir sus objetivos. Hundir inocentes sin pruebas, también. Allí perpetraron la conspiración. Aquí, otros adversarios políticos se aprovecharon de la calumnia, como la contrincante política de Trias. Pese a las pruebas documentales de su inocencia, afirmó: «Si Trias se ha sentido atacado, lo lamento», «tenemos derecho a hacer críticas políticas», «queremos expulsar la mafia de nuestra ciudad»… La perspectiva de Jesús es otra.

El afán de poder está arraigado en los fondos antropológicos de la persona. La nobleza de las causas no exime de experimentar esta tentación. Santiago y Juan, hijos del Zebedeo, seguidores de Jesús, pugnan por sentarse en los sillones del poder. Uno, a la izquierda; otro, a la derecha. Así, entre los dos, cubren todo el arco parlamentario. Por iniciativa propia (evangelio según Marcos) o de su madre (evangelio de Mateo) la petición llega nítida a Jesús. Se la presentan con convicción. Frente al reto del maestro responden sin pestañear: «Podemos.» A partir de ahí, se producen dos reacciones.

La primera corresponde a los otros apóstoles: «Al oír esto los otros diez, se indignaron contra Santiago y Juan.» La ambición personal fragmenta el grupo porque se buscan objetivos individualistas ignorando los intereses de los demás. Incluso dentro del grupo de Jesús existen indignados. 

La segunda concierne a Jesús. Su intervención, clara y pedagógica, propone un modelo de comunidad que no se basa en el afán de poder. El ejemplo que utiliza no puede ser más explícito: «Sabéis que los que son tenidos como gobernantes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder» (Mc 10,42). Su denuncia es directa. Refleja el comportamiento habitual de los gobernantes que se creen los dueños de la gente. Utilizan a su antojo los recursos públicos para conseguir prebendas y defender sus intereses de partido. Los grandes personajes (mundo financiero, mediático, empresarial, funcionarial, lobbies…) oprimen con su poder. El pueblo, siempre sometido, tiene poco margen de maniobra porque se ve desprovisto de su propia dignidad, manipulado por los medios que utilizan los poderosos. La alternativa de Jesús no consiste en crear un nuevo partido sino en proponer una mentalidad nueva: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos.» El poder pone las personas a su servicio, convirtiéndolas en peones que son sacrificados sin escrúpulo. En la alternativa de Jesús, la persona está en el centro.