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Ada Colau ha decidido excluir la misa del programa oficial de las Fiestas de la Mercè. Este hecho, junto con otros muchos que se han producido, evidencia el ejercicio de un tipo de liderazgo sobre el que hay que reflexionar. Dos palabras latinas, potestas (poder) y auctoritas (autoridad), sustentan dos tipos de liderazgo. Martha Zechmeister habla de la potestad opresora y de la autoridad liberadora. El liderazgo basado en el poder se centra en el control, en la imposición, en quebrantar cualquier resistencia y en destruir a los que no se someten. El liderazgo basado en la autoridad favorece en el reconocimiento libre y mutuo. La autoridad se destruye a sí misma en el momento en que recae en la violencia. Imposición y autoridad son esencialmente incompatibles.

Ada Colau (y Barcelona en Comú) prometían inaugurar un nuevo estilo de hacer política. Muchas de las decisiones que han tomado hasta ahora y, aún más la forma de imponerlas sin diálogo, retornan a los tics de siempre. Critican el sistema, pero lo reproducen con creces. Se han dejado seducir por el poder y, paso a paso, van perdiendo la autoridad. Sobre el Mobile World Congress, dispararon el tiro, pero se han tenido que volver atrás. Han querido marcar perfil a base de muestras de poder, pero el diálogo en muchos temas ha brillado por su ausencia.

Sebastià Alzamora, en un artículo publicado en el Ara en el que se autodefine como «un paio d’esquerres», ha escrito: «Quitar una misa del programa de la Mercè no me dice que Ada Colau sea de izquierdas, sino que la pierde el gusto por la foto y el titular fáciles. Y que diga que lo hace en nombre de la aconfesionalidad y de la convivencia, sencillamente me parece demagógico.»

¡Qué lástima que una izquierda bastante amplia mantenga todavía en sus postulados un anticlericalismo trasnochado! Barcelona en Comú volvió a mostrar planteamientos similares a través de su teniente de alcalde Jaume Asens cuando quiso justificar su abstención a sumarse a la Asociación de Municipios por la independencia (AMI) esgrimiendo la «exaltación de las excelencias espirituales que tienen que ver con una defensa de una mística y de un imaginario de una Cataluña romántica, clerical, la Cataluña de Cambó, de Torras i Bages, de Jacint Verdaguer». Alucinante para justificar su inhibición y desmarcarse del proceso. 

La Mercè, que da pie a la celebración de las fiestas mayores de Barcelona, no es la vecina del quinto. Se refiere a la Mare de Déu de la Mercè, en nombre de la cual los mercedarios y otras muchas personas han luchado a lo largo de la historia y siguen luchando en la actualidad por la liberación de los cautivos, por las personas excluidas de la sociedad, por los pobres y marginados, por los presos y las víctimas. ¿Cuánta gente auténticamente de izquierdas no compartiría estos objetivos? La decisión de Ada Colau no pone en jaque a la fe cristiana. Solo pone en evidencia su ignorancia del sentido de la fiesta y la inconsistencia de sus argumentos demagógicos.