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El estallido mediático de los abusos sexuales a menores ha ocupado de manera dominante el panorama informativo estos últimos días. Tema altamente sensible por sus repercusiones profundas en la vida de las víctimas. Detectar, reconocer, denunciar, sanar… Tareas indispensables para cicatrizar heridas. Fallos en la prevención. La detección tampoco es fácil. La experiencia de los abusos trastorna la percepción real de las cosas, hunde en la vergüenza y en el desconcierto, sume en un silencio de gritos acallados. Ni la red escolar ni el hogar de la familia han sabido adivinar unas interioridades infantiles destrozadas. Sufrimiento, mucho sufrimiento. Consternación ante la noticia. Confrontación de ritmos. El ritmo mediático: instantáneo. A veces, demasiado pendiente del impacto y de la audiencia. Mezcla confusa de información y opinión. El ritmo de verdad exige otros requisitos para que haya justicia. No hay que sustituir los tribunales de justicia por los platós de la televisión ni por los estudios de la radio, ni por las páginas de los rotativos. Su participación ayuda mucho siempre que evite intereses espurios. Si fuera así, las víctimas serían manipuladas para conseguir otras finalidades, como el deterioro de una institución educativa. Doble daño. Hay alumnos que han visto menoscabada en estos días su intimidad por el acoso de las cámaras invasivas. 

La justicia debe trabajar para recuperar la dignidad herida de la víctima. La venganza no resuelve el problema sino que lo agudiza, ya que impide a la víctima conseguir su sanación con una actitud resiliente. Le apega a la herida. Por ello, no cicatriza. 

La verdad, muchas veces, es dolorosa, pero libera. Tanto a la víctima como al agresor. En ocasiones, como recuerda la actuación de Jesús en el evangelio, en el seno de la familia. Así pudo Jairo recuperar a su hija. En otros momentos, en pleno grupo como la mujer de las hemorragias, que tuvo que confesar su intimidad para integrarse de nuevo en la sociedad. Los caminos son diversos, pero el objetivo el mismo: la sanación de la víctima, para que pueda vivir una vida feliz y plena. 

Lamentablemente han tenido que pasar muchas desgracias para que la sociedad esté mentalizada sobre la protección de la infancia. Quedan atrás, en gran parte, las épocas negras o de color sepia. El tabú se va desintegrando, aunque presenta sus resistencias. La infancia siempre ha existido a lo largo de la historia, pero el reconocimiento jurídico de los niños y niñas como agentes sociales y titulares de sus propios derechos tuvo que esperar hasta el 20 de noviembre de 1989 cuando la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño, que entró en vigor el 2 de septiembre de 1990. Su implementación a fondo no es flor de un día. Requiere tiempo y, lo más difícil, cambio de mentalidad. 

Las heridas a las víctimas siempre son graves. El tratamiento en el pasado era a menudo muy deficiente. Ahora estamos en el camino adecuado y hay que recorrerlo con determinación. Todas las instituciones deben remar en la misma dirección: impedir nuevas víctimas y sanar las existentes.