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Pablo VI firmó en el Vaticano el 28 de octubre de 1965 el decreto conciliar Perfectae caritatis sobre la adecuada renovación de la vida religiosa. Con motivo de celebrarse en 2015 los 50 años de la promulgación del decreto, el papa Francisco ha convocado el Año de la Vida Consagrada, que empieza el 30 de noviembre de 2014, inicio del tiempo litúrgico del Adviento, y acaba el 2 de febrero de 2016, Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

¿Quién no conoce religiosas y religiosos de distintas congregaciones? ¿Quién no ha visitado un monasterio en búsqueda de paz y de silencio? ¿Quién ignora la dedicación de religiosas y de religiosos en el campo de la enseñanza, de la sanidad y de exclusión social? ¿Quién no admira a personas consagradas que son misioneros en distintos países del mundo? Unos pocos son muy conocidos. La mayoría se mueve con discreción, fuera de los focos mediáticos. Son como la levadura en la masa. Ayudan a la transformación casi de manera imperceptible. Son como el perfume, que difunde su aroma sin dejarse ver demasiado. Cuando los necesitas, acostumbran a estar a tu lado. Se mueven como pez en el agua en las periferias del pensamiento, de la geografía, de la pobreza… Su coraje profético les impulsa a asumir misiones de vanguardia. No es oro todo lo que reluce. También tienen fallos, pero globalmente suponen una bocanada de aire fresco. No quieren ser mejores que los demás, sino seguidores de Cristo que viven la vida comunitaria en fraternidad. Se les valora por lo que hacen, pero saben que lo importante es ser y realizar el sueño que Dios tiene para su vida.

En 50 años han pasado muchas cosas. La Iglesia y el mundo han experimentado diversos tsunamis que han sacudido sus fundamentos más consolidados. Épocas de progreso y bienestar que no siempre han ido acompañadas de valores éticos. La preocupación por los intereses terrenos ha relegado los afanes religiosos de mucha gente. Secularización con sus luces y sombras. La actual crisis económica ha supuesto un duro despertar. La espiritualidad resurge, a veces, con apariencias de camuflaje. En estos 50 años, se ha experimentado un descenso importante de vocaciones, especialmente en algunos países de Europa o de zonas adineradas. 

Algunos agoreros quisieran prescindir de la vida consagrada porque, a veces, es incómoda. Su espírirtu de denuncia, no siempre libre de incoherencia, molesta. El papa Benedicto XVI no pudo ser más claro: «La vida consagrada, en cuanto tal, tiene su origen en el propio Señor que escogió para sí esta forma de vida pobre, virgen y obediente. Por esto la vida consagrada nunca podrá faltar ni morir en la Iglesia. Fue querida por el propio Jesús como una parte necesaria de su Iglesia.»

En Cataluña existen en números redondos 6.000 personas consagradas. No venden optimismo. Transmiten esperanza, que según Vaclav Havel, «no significa estar seguro de que algo saldrá bien, sino tener la certeza de que algo tiene sentido, no importa su resultado».