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En cada verano hay noticias importantes que pasan inadvertidas. En el pasado mes de agosto, se publicó en Regió 7 y Diari de Girona una entrevista al P. Josep M. Soler, abad de Montserrat, con motivo de su 70 aniversario, celebrado el 13 de agosto. Su contenido ofrece pistas sugerentes de reflexión, que van más allá de una lectura superficial. El abad sabe que, como el funámbulo, se mueve sobre un alambre, pericia que exige audacia y equilibrio. Un total de 17 preguntas, de las cuales tres referidas a la política catalana. Sus respuestas breves fueron suficientes para que Francesc Granell en La Vanguardia publicara una columna en la que las tergiversara de manera tendenciosa. Este hecho originó que el monje Bernat Juliol, portavoz de Montserrat, publicara una nota precisando el contenido de la entrevista. En concreto, el abad afirma que le «preocupa el peligro de crear una división en la sociedad» y no que la división corresponda a una realidad actual, como alguno quiso hacerle decir. Su respuesta es abierta y no señala ni excluye a nadie. El resumen: «El missatge de Montserrat? Asseieu-vos, parleu.»

Considerar que el diálogo es signo de debilidad representa un grave error. Los problemas políticos no se resuelven de manera sistemática en los tribunales. Tampoco trazando líneas rojas por doquier e instalándose en el no permanente. No se busca una solución sino un aplastamiento. ¿Alguien intenta descubrir las causas que han conducido a la situación actual? Sin un buen diagnóstico, no existe posibilidad de curación ni de mejora.

La política implica fragmentación. Por este motivo, se habla de partidos. La fragmentación en estos últimos años ha ganado en importancia. No solo se ha fragmentado más el Parlamento catalán. También lo ha hecho el Parlamento español. La investidura actual amenaza con unas terceras elecciones porque los partidos están polarizados. Cualquier diferencia se ve con intolerancia. El abad recuerda el consejo de san Benito: «Buscar el bien común.» Aún no hemos conseguido vivir la unidad en la diversidad. En la transición hubo reforma, pero no ruptura con las actitudes dictatoriales que, tras unas décadas de fluir subterráneamente, vuelven a aparecer con fuerza y sin complejos. Existen programas dirigidos a dividir a la sociedad catalana para debilitarla. Incluso se creó un partido con esta finalidad. Intervenciones realizadas desde arriba.

Son los coletazos del sistema, que pretende subsistir a expensas de los demás. Mientras los ciudadanos cambian cromos, los poderes de siempre tienen el álbum. La resistencia a toda mejora democrática es y será numantina. Se utilizan todos los recursos posibles, cloacas incluidas. ¿Bien común? Lamentablemente, no. Privilegios de casta. Los ciudadanos estamos invitados a distanciarnos de la propaganda, pensar por nosotros mismos y establecer vías de diálogo y acercamiento. Dejar de ser cajas de resonancia de la música que nos ponen los que quieren utilizarnos.