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Los terapeutas lo saben. Las personas que no han cicatrizado sus heridas de la infancia experimentan bloqueos y dificultades. Lo que no se supera permanece. Tarde o temprano emerge a la superficie y a la conciencia. Los pueblos se rigen por el mismo principio, pero los espacios temporales son mucho más amplios. El 11 de septiembre de 2014 Cataluña cumple 300 años de su gran derrota militar como país. No hubo paz ni reconciliación, sino aplastamiento y voluntad de liquidar sus señas de identidad: instituciones y leyes propias, autogobierno, lengua, cultura... El túnel ha sido largo, muy largo. Los vaivenes de la historia han sido muchos y variados, pero la herida siempre ha estado ahí. A veces, parecía olvidada. Otras, en cambio, sangrante y dolorosa.

La transición a la democracia en los años setenta pudo ser una magnífica oportunidad de cerrar las heridas, pero había demasiados miedos y cuentas pendientes. Poco después, las fuerzas del sistema volvieron a sus andadas y el artesonado del Parlamento fue perforado por balas golpistas. Marcha atrás en las leyes y el marco de convivencia volvía a la rigidez de antaño. En definitiva, a la de siempre. Los franquistas se barnizaron de democracia, los emporios económicos camparon a sus anchas, las fuerzas políticas no se reciclaron de forma suficiente, la casta pugnó por mantener sus privilegios de siempre en el nuevo contexto, los altos funcionarios sabían circular con la pericia habitual por los nuevos trazados, los altos jueces, excepto en los primeros tiempos, vieron secuestrada su independencia por los partidos políticos, el dinero corría con más velocidad que la sangre por las venas y la corrupción hizo su agosto. El sistema se autoprotegió. Algún escarmiento en los peones, pero casi nunca en las torres y en los alfiles. El rey o la dama, intocables. El caballo, por sus movimientos imprevisibles, pasó inadvertido. 

Catalunya vuelve a sentir su herida al descubierto. El Tribunal Constitucional, en épocas bajas y sin prestigio alguno, dictó una sentencia auspiciada por la presentación de un recurso propugnado por el partido que gobierna hoy España. Presidente y vicepresidenta están recogiendo lo que sembraron. El derecho a decidir, con la sombra de la independencia detrás, ha hecho saltar todas las alarmas. Pujol, que tan útil resultó al sistema al favorecer la gobernabilidad del Estado, ha cruzado la línea roja. Se le acusa de corrupto. En próximos meses veremos el alcance de lo sucedido. El sistema no le castiga por corrupto, ya que es la nota distintiva de sus integrantes, sino por disidente. Podemos caer en la trampa de poner todos los focos sobre este caso, olvidando los demás. Si solo nos centramos en él, serviremos al sistema que lo castiga por disidente, pero el sistema quedará intacto. El dossier estaba preparado hace tiempo. Sólo se ha buscado el momento oportuno. Mas es el hombre a batir. La tensión va subiendo. Se aproxima el 9N. 

¿Qué podemos aportar los cristianos en este momento histórico? ¿También el sistema ha conseguido dividirnos?