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Los hechos se suceden con tanta celeridad que cualquier previsión de futuro resulta arriesgada. Escribo estas líneas dos semanas antes del 9-N. Dejo la superficie para zambullirme en las corrientes profundas de los acontecimientos, que son mucho más permanentes y constantes. La pelota está en el tejado de la política, pero las consecuencias de lo que vivimos afectan a todos los ciudadanos, al margen de sus convicciones. 
 
Primero, los que agudizaron el problema se muestran incapaces de solucionarlo. Rajoy y Sáenz de Santamaría, con su recogida de firmas, por motivos electorales, contra el Estatuto de Cataluña, abocaron a la sociedad catalana a un callejón sin salida. El Tribunal Constitucional, mermado y sin prestigio, hizo el resto. Ahora se parapetan detrás de la Constitución y utilizan los recursos del estado sin escrúpulos para neutralizar los movimientos favorables a la votación. Cuando no hay espíritu, la letra mata. La negación posterior de dialogar sobre el pacto fiscal remachó el clavo. La recentralización, contraria al espíritu de la Constitución del 78, está culminando en un enfrentamiento sórdido. La falta actual de diálogo, pese a las continuas promesas, también tiene motivos electorales. Los partidos radicalmente españolistas representan una amenaza en las urnas al poder quitarles votos. Incluso el PSOE se apunta a la corriente. Todos están inseguros ante los nuevos partidos y los movimientos sociales emergentes.
 
Segundo, Cataluña no acaba de articular la sociedad con la política y no consigue dar prioridad al eje nacional (Cataluña-España) sobre el eje ideológico (izquierda-derecha). Todo se entremezcla. También motivos electorales interfieren en las decisiones. El adversario es fundamentalmente el sistema, anclado con fuerza en el poder central, pero con tentáculos importantes en Cataluña (la casta y los partidos serviles). No es tanto un combate entre ciudadanos, aunque los relatos creados artificialmente pretendan esto. Se trata, sobre todo, de una lucha descarnada de poder. La ambición y la falta de respeto han incrementado exponencialmente y en poco tiempo las actitudes secesionistas y las posturas se han polarizado.
 
Tercero, el imperio de lo virtual sobre lo real. Los medios de comunicación, las redes sociales… generan nuevos escenarios. No buscan retratar la realidad, sino manipularla a su antojo. Más aún, crearla. Se funciona por consignas. Se quiere hacer creer a la gente lo que convenga al poder. Antes, los medios estaban en manos de unos pocos. Ahora siguen estándolo, pero las redes sociales se sustraen a una influencia única. La ira que transmiten muchos comentarios obstaculiza una convivencia sana.
 
Tanto si continuamos juntos como si nos independizamos, la tarea es inmensa. Requerirá diálogo, tolerancia, apertura… Cicatrizar heridas no es fácil. El ego de muchos protagonistas y el interés de las élites puede echar muchas cosas a perder.