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María se levanta y va deprisa a la región montañosa, donde vive su prima Isabel, que lleva seis meses encinta (Lc 1,39-45). Va a quedarse en su casa unos tres meses para facilitarle la maternidad y realizar los trabajos más pesados, hasta que dé a luz a su hijo Juan. Este viaje a Ain Karim, a unos seis quilómetros al oeste de Jerusalén, está motivado por una información tangencial que le llega en el momento de la Anunciación.
 
Un mensajero del Señor, el arcángel san Gabriel, se aparece a María en su casa, que se conturba y piensa en el significado de la nueva presencia. El templo, como le sucede a Zacarías, no es el único lugar de revelación divina. Gabriel aparta el miedo, que dificulta tanto la relación con Dios: «No temas.» La propuesta de ser la madre de Jesús es contestada por María desde la reflexión lúcida y serena: «¿Cómo será esto?» Cuando Gabriel se lo explica, añade una información sobre Isabel, que ha concebido un hijo en su vejez y ya está en el sexto mes. La reacción de María refleja total disponibilidad y confianza en Dios: «Hágase en mí según tu palabra.» En vez de centrarse en su nueva tarea y de prepararse para la nueva misión, se da cuenta de que su prima puede necesitarla y acude deprisa, sin dilaciones ni demoras. Isabel, al saber que va a ser madre, reacciona de modo distinto: se mantiene oculta durante cinco meses y celebra el fin de su esterilidad, que en la cultura dominante se considera un oprobio. María no queda ensimismada, sino que toma la iniciativa: se levanta, va deprisa y saluda a Isabel. El ego podría refocilarse sobre la nueva misión, pero se mueve a impulsos del amor: aceptar humildemente la maternidad y acudir en ayuda de la persona necesitada. No se reivindica socialmente ni se deja guiar por las reacciones sociales, que se adivinan complejas y problemáticas.
 
Más tarde, cuando María alumbre a Jesús en Belén, los pastores, tras el anuncio del ángel, acuden a toda prisa en búsqueda del «niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre». En el trabajo personal y colectivo, la tentación consiste en postergar la decisión de ponerse en marcha, de dejarlo para más adelante. Cuando se produce el anuncio, no hace falta perder tiempo. Hay que ir deprisa, sin agobios, pero sin dilaciones. Ir deprisaindica convicción, no atolondramiento. Cada año, hacemos nuevos propósitos, que se diluyen en la primera ocasión. Queremos cambiar, mejorar, superarnos… Al primer contratiempo, marcha atrás. Tanto María como los pastores no buscan una autorrealización narcisista, sino el encuentro con una persona. Tienen que hacer un camino difícil: ir a la montaña o moverse en la oscuridad de la noche. Nada les arredra ni les detiene. Ir deprisa no es una exaltación de la cultura moderna de la velocidad, sino un reconocimiento del valor de la diligencia. Ir deprisa es lo contrario de la negligencia, de la falta de aplicación y cuidado. Ante lo esencial no existe demora.