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Para Zaqueo, la gente no representa ningún obstáculo. Su oficio de publicano le facilita ponerse en relación con el dinero (Lc 19,1-10). Sabe cómo cobrar los impuestos y cómo sacar suculentos beneficios para enriquecerse y llenarse los bolsillos. No es un cobrador cualquiera, sino el jefe. Ha acumulado una fortuna a lo largo de los años. Jesús entra en Jericó. El gentío su agolpa a su paso. Zaqueo, que domina la escena pública, quiere verlo. Al ser pequeño de estatura, resuelve la dificultad subiéndose a un sicomoro. Subir es la práctica que mejor domina. Ver la realidad desde la atalaya del dinero, del lugar privilegiado, de los cargos importantes… resulta fácil para quien tiene poder. Zaqueo, en gran parte por ello, no está bien visto. Su afán de recaudar impuestos y de apretar a la gente más de lo debido le genera antipatías. Sabe que es el precio que hay que pagar, pero no le importa. Jesús alza la vista, lo ve encaramado al árbol y, dándole prisa, se invita a su casa. Las murmuraciones no se hacen esperar.

Jesús busca, sin excepciones, el bien de la persona. Da oportunidades. El acierto de Zaqueo es saber aprovecharlas. Primero, acoge a Jesús. Después, formula dos promesas: dar la mitad de su dinero a los pobres y restituir cuatro veces más a quienes ha exigido más dinero de la cuenta. Misericordia y justicia. En vez de cerrar el bolsillo, abre el corazón a los demás, empezando con los pobres, signo inequívoco de haber encontrado la esencia de la vida. La restitución implica un reconocimiento explícito de su conducta injusta. Su transformación surge del contacto con Jesús. Su experiencia liberadora le impulsa a negar las exigencias de su ego: dinero, dominio, poder… a toda costa. Jesús le refrenda el cambio: “Hoy ha entrado la salvación en esta casa”.

La transformación de Zaqueo sigue un proceso: búsqueda no exenta de curiosidad, persistencia pese a las dificultades iniciales debido al gentío, aceptación de la invitación sin darle demasiadas vueltas, ajustarse a la demanda del maestro que le pide prisa, acogida de Jesús con alegría (la belleza del don recibido predomina sobre el peso de la responsabilidad), compromiso vital y concreto, sin necesidad de discursos, a favor de los pobres y ejercicio justo de su tarea con la promesa de restituir los errores y estafas del pasado. Con ello, regenera su biografía.

Cuando se descubre el sentido de la eternidad, reflejado en los valores esenciales, todo lo demás se antoja relativo. No solo sana las tendencias del ego, sino que descubre en la presencia de Jesús el amor sin fisuras a los pobres, la justicia, la misericordia y la alegría. El ego pierde poder y consistencia. La ganancia no lo justifica todo. Zaqueo convierte su vida a partir de haber tenido una experiencia profunda con Jesús. No hay moralismo, sino una transformación personal que no admite vuelta atrás.